Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Como no proliferaban los medios de comunicación y nuestra única relación con la tecnología punta consistía en ir a la central para poner una conferencia a un pariente lejano por cuestiones siempre de gravedad extrema, fluía, sin embargo, la palabra hablada, las conversaciones de calle, los corros de las mujeres mientras tendían la ropa al sol o daban unas puntadas en Las Torres y los comentarios de los hombres, en tanto faenaban en lo suyo o en lo ajeno, porque trabajar de sol a sol ha sido, además de pesado y laborioso de suyo, harto aburrido y los cuentos, las historias o algún chiste iban atenuando en parte el rigor de la jornada.

            Tampoco es patrimonio de mi pueblo el cotilleo, ni mucho menos, sino costumbre arraigada en la condición humana, que disfruta con la narración de las vicisitudes de los otros, mejor aún si son de signo negativo, si afectan a la honorabilidad o a ciertos extremos de baja estofa. Nos regodeamos con los enredos de vecinos, amistades y familia y gozamos con un placer turbio y casi enfermizo con la difusión de sus miserias que no distan tanto de las nuestras y que, a la postre, pertenecen a la miseria humana en general.

            Como en cualquier calle, en la mía se hablaba mal de casi todo el mundo, salvo mi madre, que nunca entró en ese juego sucio y que ni siquiera a mí me dijo cosas de las que hube de enterarme por mi cuenta años más tarde acerca de personas que ambos conocíamos, porque ella no le echaba cuentas a las palabras que pretendían el daño y ni siquiera las creía.

            Suponíamos entonces que todo aquello eran vicios de un pueblo semianalfabeto, heredados de un tiempo de silencio y de miedo, que tal vez con los años emergeríamos a la luz como en el mito de la caverna platónica y que la democracia traería esas buenas nuevas, pero la verdad es que nos equivocábamos rotundamente, aunque en aquellos años todavía no lo supiéramos.

            Es cierto que hoy vivo en la ciudad, que apenas conozco al vecino y, salvo en contadas ocasiones, no me encuentro a nadie por la calle a quien saludar, pero los malos hábitos no cesan con facilidad. Aquello que pasaba en el tajo o en los corrillos de las mujeres al sol o en las trasnochadas del verano en la calle, hoy ocurre en la televisión a diario. Los personajes no nos son cercanos, pero a fuerza de verlos, de escuachar sus razones y sus líos, hemos terminado adoptándolos como de la familia.

            Advierto en estos programas una doble función del todo interesante y curiosa: por un lado, el antiguo atavismo de contar los hechos en la forma de un relato, sincopado, pero no menos apasionante, en el que los protagonistas son seres humanos como nosotros y sus vidas conciernen a la tribu y, por otro, la necesidad patológica, tal vez, de escarbar en lo más oscuro y feo de aquellos con los que vivimos, de mostrar los vicios de los otros y solazarnos con sus errores y sus desgracias.

            Han cambiado los medios, acaso también las formas, incluso el estilo, pero lo fundamental permanece, la grosera voluntad de meter nuestras narices en asuntos que apenas nos incumben para alegrarnos con su mal, con sus mentiras y con sus bajezas, que, en el fondo, tanto nos hubiese gustado poseer.

            Este comadreo público, esta continua murmuración maledicente y capciosa son hijos de aquellos chismes sin fundamento que hombres y mujeres propagaban por mera ociosidad y mala fe, a veces, en mi infancia. Da la impresión de que se ha convertido en el deporte nacional y ya forma parte de nuestra nueva idiosincrasia de pueblo en plena libertad.

Yo, como todos ustedes, atrincherado en mi discreción, no me lo acabo de creer del todo, pero cuando el río suena…