CARLOS MARTÍNEZ SOLER

A lo largo de estos últimos meses he leído, visto, escuchado…, multitud de comentarios sobre la serie revelación del verano: Stranger Things. Por un lado, están los admiradores de este relato, defensores de una obra con obvias reminiscencias ochenteras y en la que se nos plantea una historia para todos los públicos, pero tremendamente adulta. Al otro lado de la balanza están sus detractores, aquellos que la acusan de sus excesivos guiños y referencias a todos esos relatos de los que bebe. Yo, si me lo permiten no voy a posicionarme hacia un lado u otro, simplemente voy a plantear una reflexión para que seáis vosotros los que saquéis vuestras propias conclusiones.


Cuando hablo con colegas que al igual que yo tuvimos la suerte de estudiar y formarnos en algo relacionado con el audiovisual (realización, guion, sonido…), muchos de nosotros solemos coincidir en un comentario: la época en la que disfruté más el cine fue de los 14 a los 18 años. En ese periodo yo era lo que se llamaba una analfabeto audiovisual, es decir, mis conocimientos acerca de esta materia eran muy vagos, y el único criterio que seguía para determinar si una obra era buena o mala, era que me hiciese pasar un buen rato, que me conmoviese, emocionase, que me pusiera los pelos de punta, etc., y entre las que lo consiguieron, como no podía ser de otro modo, estaban: E.T., el extraterrestre, Terminator 2: el juicio final, Jurassic Park, Los Gonnies, Cuenta Conmigo, La princesa prometida y un larga ristra de películas más. Una vez superado los 18 todo se fue al garete y en el momento en el que entraron en mi cabeza conocimientos como raccord, ley de los 30º, etc., el cine dejó de ser disfrutable para mí, pues cada vez que me sumerjo en esa oscura habitación con una gran pantalla iluminada cualquier excusa es buena para destrozar un relato.
Así que, guiándome por ese instinto primigenio diré que me gusta todo en Stranger Things: me encanta su marcado universo ochentero (música, ambientación, fotografía…), me cautivan esos 3 intrépidos niños en busca de su amigo, me resulta creíble esa trama de mundos paralelos, me conmueve esa madre que niega la muerte de su hijo, me emociona ese Sheriff que sobrelleva como puede la pena por un ser querido, y sobre todo, se me ponen los pelos de punta en muchas de sus secuencias: el descubrimiento en el lago, la teoría de la pulga y el acróbata, la cuba de agua, etc. Por todo esto y mucho más, al ver Stranger Things es inevitable pensar en eso de que cualquier tiempo pasado…