José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia, de Caravaca y de la Vera Cruz.

La actividad peluquera femenina actual, en bien poco se parece a aquella otra en que parte de la misma tenía lugar en el propio domicilio de las clientas, a donde la profesional de turno se desplazaba a diario a peinar el moño de aquella, quien no se consideraba
a punto para salir o recibir hasta que la peluquera peinadora había realizado su trabajo. Una de estas profesionales a que me refiero, que ejercieron el oficio en los años del ecuador del pasado S. XX, fue Cruz Sánchez Navarro, popular y cariñosamente conocida como Cruz, la Mista, natural de la pedanía de La Encarnación y quinta hija de los seis que trajeron al mundo el matrimonio entre Francisco y Joaquina quienes, tras instalarse en Caravaca vivieron en la zona conocida como el Trascastillo.

Cruz, o la Señora Cruz como era conocida entre su amplia clientela, fue totalmente autodidacta y comenzó su actividad como peinadora haciéndolo de manera gratuita a vecinas y amigas, hasta que optó por comenzar a cobrar por su trabajo. En Murcia asistió a una academia donde aprendió a hacer permanentes y donde obtuvo el preceptivo título que la acreditó en adelante para el ejercicio de la profesión. Sin embargo, su especialidad, que eran las ondas al agua, que lograba con mucho trabajo de manos y peine, no le fueron enseñadas por nadie.

Contrajo matrimonio con el carpintero Manuel Ferrer-Egea Zomeño, de la familia de los Mistas, estableciendo el domicilio familiar en el número 19 de la Cuesta de D. Álvaro, en cuyo bajo montó Manuel la carpintería, simultaneando el espacio de la planta primera como vivienda y peluquería. Allí nacieron sus cuatro hijos: Joaquina, Francisco, otro Francisco que falleció párvulo, y Cruz.

La clientela inicial estuvo formada fundamentalmente por vecinas del barrio, generalmente vendedoras en la plaza de abastos y repartidoras de leche fresca, quienes acudían muy de mañana a peinarse, antes de abrir el puesto o comenzar la actividad laboral. Al terminar con ellas, Cruz hacía cada día la ronda urbana, desplazándose, con sus propias tenacillas, pinzas y peines, a casa de Dª. Dolores La Michelena, Dª. Pepa Delgado (esposa de D. Francisco Hervás) y Dª. Francisca Martínez-Reina entre otras muchas, quienes aguardaban su llegada con una palangana de agua y un peinador (generalmente blanco), con el que cubrían sus hombros evitando con ello posibles manchas en la ropa. También corría a cuenta de las clientas las horquillas de moño y pinza, así como las redecillas.

En 1946, Manuel y Cruz alquilaron una casa en la Plaza del Arco (entonces de José Antonio) número 15, a Carmen Marín Martínez, por cuyo alquiler comenzaron pagando la cantidad de cien pesetas mensuales, casa que más tarde adquirieron a su dueña en 150.000 pts.

En su nueva ubicación urbana, donde también simultaneaban la vivienda con la peluquería, era habitual ver cada mañana, antes de amanecer, a varias señoras aguardando la apertura para ser peinadas antes de partir al trabajo. A veces, en días de frío o de lluvia, algunas de ellas utilizaban la llave que previamente había sido facilitada, aguardando en la propia peluquería a que su dueña se levantara. Entre aquellas Carmen Robles, la de Mané, Las Catalinas (Luz y Carmen), Encarna la Colorá y la madre de los Politanos entre otras.

La peluquería era un espacio cuadrangular de unos veinte metros cuadrados, situada en el primer piso, con balcón a la Plaza (siempre lleno de macetas). En uno de los lados menores colgaban dos espejos, situándose dos secadores ante uno de los laterales mayores.

El trabajo comenzaba diariamente a las seis de la mañana, inicialmente incluidos los domingos, y se prolongaba sin interrupción a lo largo de toda la jornada, alternando las salidas a la calle y el trabajo en su casa, donde acudían las clientas a hacerse la permanente, a lavarse la cabeza y a cortarse el pelo. También recibía en su casa a los representantes de productos de peluquería, entre ellos los de las casas Solriza, Eugene y Bella, quienes personalmente facilitaban los productos o los enviaban posteriormente a través de las agencias de Rubio y Sabater. No era extraño que los citados representantes, pidieran a Cruz quedarse durante horas para ver la soltura y disposición con que trabajaba, a lo que ella no ponía inconveniente alguno.

Nunca tuvo otras ayudantes que sus dos hijas, cuando la edad de una y otra lo permitieron. A Joaquina y a Cruz les salieron los dientes en la peluquería, no teniendo secreto alguno la profesión para ellas, quienes también obtuvieron los correspondientes títulos de peluqueras en sendas academias de Murcia, pudiendo afirmarse que fueron las últimas en ejercer el oficio a domicilio hasta la muerte de sus clientas, entre ellas Julita (la del Hotel Victoria), Dª. María y Dª. Teresa Sánchez Olmo, Dª. Carolina Delgado y Carmen La Piñona.

A las clientas habituales se sumaban ocasionalmente artistas de compañías de revista que se alojaban en el cercano Hotel Victoria, y que acudían antes de comenzar la actuación en el Gran Teatro Cinema a peinarse con el célebre peinado de la época denominado de tupé arriba España, que dejaba el pelo suelto por detrás y una gran onda elevada sobre la frente.

Los precios que corrían, hoy nos parecerían irrisorios: por un peinado a domicilio se cobraba un real (subiendo paulatinamente a lo largo de los años hasta una peseta). La media permanente costaba quince pesetas y la permanente completa 25.

Cruz hubo de dejar de trabajar por culpa de una trombosis tras la que perdió la visión de un ojo. Sin embargo trabajó hasta que pudo ayudando a sus hijas en tareas menores siempre relacionadas con el peinado, hasta pocos meses antes de fallecer, lo que ocurrió, tras una operación de mama, el 13 de junio de 1990.

La actividad profesional peluquera de Cruz, la Mista, coincidió con la de otras profesionales locales como Edicta (junto a Las Parrulas), María La Canela (en la C. Larga), y más tarde Fermina (primero en la Cuesta de las Herrerías y luego en Poeta Ibáñez). También fueron peinadoras contemporáneas suyas Justa y María Jesús Campos.

La Sra. Cruz y sus hijas, como ya he dicho, quizás fueron las últimas peluqueras peinadoras a domicilio dedicadas a actividad tan esclava, sin horario ni descanso semanal. A aquella se la recuerda cariñosamente siempre ataviada con delantal sobre bata cosidos por ella misma en ratos libres. Muy aficionada al cine, acudía a él cada domingo, con su esposo y sus hijas, siempre con la función empezada por culpa de alguna clienta inoportuna. Su figura corpulenta y bonachona, su estilo de vida esclava del trabajo y la familia y su quehacer, ejemplo de pura artesanía peluquera, permanecen en la mente de los mayores junto a tantas costumbres y personas hoy depositados en los anaqueles de la memoria.