PASCUAL GARCÍA

De niño me gustaban mucho los tebeos y los cromos (las estampas que decíamos nosotros) aunque ni de lo uno ni de lo otro pude disfrutar demasiado, pues ambos eran caros y no estaban al alcance de mi mano. Los tebeos me los dejaban mis primas, Rosa y Mari Cruz, junto con las fotonovelas que también me gustaban. En cuanto a las estampas, aunque compré algunas, nunca fui capaz de completar un álbum entero, pues además siempre había unas cuantas que eran muy escasas y apenas salían en aquellos sobres que comprábamos en el kiosko del Labiopartío, justo debajo de La Farola. Los muchachos pobres del barrio debíamos conformarnos con las cifras, que eran la cara y el envés de las cajas de cerillas (de los mixtos las llamábamos nosotros) y con ellas también jugábamos a la pared o a la bola. Ganábamos o perdíamos en aquellas tardes infames y entrañables de frío de Las Torres.

Con los años mi hijo ha venido coleccionando asimismo cromos de la liga de fútbol, aunque con mejor fortuna, porque tanto sus tíos como yo se los comprábamos en abundancia, aunque también en este caso comprobé que había algunos que apenas se prodigaban mientras que otros salían en demasía y a mi hijo le costó bastante rellenar su primer álbum, a pesar de que la modernidad no solo había traído la abundancia y el bienestar, sino también los medios de comunicación y la posibilidad de pedir los cromos que faltaban a la casa comercial que los fabricaba.

Los tiempos habían cambiado  y todo era más fácil y más asequible, el misterio del azar que nos proporcionaba unos determinados jugadores de fútbol y nos hurtaba otros había dado paso  a la seguridad de proveerse en la misma fuente, de pedirlos directamente al lugar donde se diseñaban.

Es posible que buena parte del enigma hubiese desaparecido, pero también se habían eliminado la incertidumbre y la injusticia. La leyenda de que determinados futbolistas salían mucho en aquellos sobres enigmáticos mientras que otros se convertían en verdaderas raras avis daba paso a un método más práctico y real y los muchachos podían acceder a toda la colección sin demasiados problemas o demoras.

Recuerdo que algunos de mis compañeros llevaban verdaderos mazos de cartas atados con gomas y ostentosos, pues constituían el tesoro de una infancia poderosa y bien abastecida.

Con los tebeos ocurría otro tanto; su lectura era muy preciada pero duraba poco, muy pronto acabábamos las aventuras de Mortadelo y Filemón, de Zipi y Zape o de Rue 13 del Percebe y no teníamos más remedio que volver a leerlas una y otra vez hasta el cansancio.

Es curioso que años después, durante la mili que hice en Valencia, y desempeñando yo el puesto de bibliotecario y profesor durante unos meses, los soldados, los suboficiales y los oficiales se disputaban los tebeos clásicos españoles y también los Asterix, que eran muy solicitados, mientras que se despreciaban literalmente los centenares de volúmenes que acogía la biblioteca del regimiento.

Tal vez sea porque el ejército y la infancia tienen mucho en común, una buena dosis de puerilidad, mucho tiempo libre y demasiadas ganas de esparcimiento; yo veía raro a aquellos hombretones con estrellas de muchas puntas cargados con los tebeos de pastas duras para entretener sus largas horas de servicio  y de guardia, agradecidos como chiquillos porque les había ido guardando los últimos números recibidos.

El paso de los años y la extinción de la inocencia que vienen a ser una misma cosa ya no me permiten el deleite de aquella lectura candorosa y divertida de la que no creí hartarme nunca.

Hojeo en ocasiones una página atrasada de Anacleto o de Rompetechos y, aunque me llega el sabor de la nostalgia, no siento ya apenas nada.