JAIME PARRA

Entrevistamos a Cristina Sobrado, colaboradora de este medio de comunicación, naturalista, ciclista y presidenta de Descubriendo Moratalla

Cristina Sobrado visitando La Fuensanta

Usted se define como moratallera por elección. ¿Cómo llega aquí y por qué decide quedarse?

Y así es. Nací en Madrid. Mi familia decidió venir a vivir a Murcia, y yo al principio me negaba a abandonar la vida que hasta entonces había conocido. Era aún muy joven, busqué un trabajo, y pasé casi cuatro años de independencia voluntaria. Pero ya entonces, mi única ilusión era salir al campo. El poquísimo tiempo que tenía libre, lo destinaba a las sierras del entorno de Madrid, junto con un grupo de amigos mayores que yo. Con ellos me inicié en la montaña, aunque desde muy pequeña tengo recuerdos de domingos y fines de semana en el campo. A mis padres les gustaba “la sierra”, y se mezclan en mi memoria el sabor de las tortillas de patata con pimientos fritos y filetes rusos y de las mandarinas, con el olor a musgo, a monte recién llovido, a bosque. Éramos lo que entonces se denominaba “domingueros”. Conforme fui formando una identidad adulta, descubrí que una ciudad grande, era un lugar horrible donde vivir para alguien como yo, me ahogaba… hui. Cuando llegué a Murcia, (la idea era pasar una temporada con mi familia y luego irme) descubrí una región maravillosa, y me quedé. Hice amigos, y lo primero que les pregunté fue por la zona más salvaje de la Región. Enseguida me hablaron de Moratalla y sus sierras… Entonces conocí a Jesús, de su mano me adentré en los paisajes moratalleros, aquí encontré la naturaleza que yo ansiaba, la inmensidad verde. Supe que era aquí donde tenía que vivir.  Con una vida hecha en Murcia, aunque cerca de la sierra, ninguno de los dos soportábamos vivir en un lugar donde todo lo que nos rodeaba era artificial. No más metal, asfalto, contaminación… Elegí mi lugar en el mundo, lo elegimos ambos, juntos, y es un lugar donde el verde me rodea, del que formo parte, donde soy una más de la fauna.

¿Cuál fue su primera impresión del paisaje moratallero?

Cuando llegué a Murcia, las sierras, el campo, todo me parecía pequeño. Hay que tener en cuenta que Gredos, Guadarrama, Somosierra… son macizos con picos de más de 2000 msnm (Peñalara 2.430m, C. de Hierro 2.381, P. Cebollera 2.128…). Yo ansiaba perder la vista en un horizonte sin nada antrópico, sentir la soledad, la serenidad de un zorro en su bosque, aunque rodeada de otra compañía, y eso es lo que encontré en los paisajes moratalleros. Buscaba la inmensidad del verde, y fue lo que encontré aquí. Unos paisajes rotundos, llenos de vida, de altas cumbres, cenajos infinitos y profundos barrancos. De tierras de labor y rebaños antiguos, de mucha fauna y poca gente. Fue un flechazo a primera vista. Como si una raíz de un salgareño se me enredase en el corazón, y ya no supe ver por otros ojos que por los de una tierra que me lo ha dado todo. Estaba por fin en casa.

Esta semana se conmemora el Día de la Mujer, ¿cómo fue su educación en casa?

Nací en 1967, así que, aunque mis padres fueron evolucionando con los años, lo cierto es que fue bastante patriarcal. Soy la pequeña de mis hermanos, la vida para mí fue menos machista que para mi hermana, pero eran otros tiempos. Un ejemplo; mi hermano mayor era ajeno totalmente a la limpieza o cualquier mantenimiento del hogar, que sobre todo recaía sobre mi madre, mi hermana, y un poco en mí, (me llevo bastantes años con mis hermanos). Nosotras teníamos el deber de “ayudar” a mi madre, pero ni mi hermano, ni mi padre tenían responsabilidad alguna en las labores del hogar. El concepto de mujer cambió mucho durante la famosa “movida madrileña”, yo crecí en ella, y es cierto que a las niñas de esa época nos caló el concepto de vivir en igualdad, en libertad. Programas infantiles como La Bola de Cristal, o escritoras como Gloria Fuertes, aunque igual hoy no pasaban el filtro, nos enseñaron a las niñas que hombres y mujeres somos uno, seres independientes y libres.

¿Qué mujeres la han marcado?

La lista sería inmensa. Hay un muro de Facebook que se llama “Mujeres con ciencia” donde estoy descubriendo cada día mujeres “invisibilizadas” que han marcado historia, moderna y antigua. Pero sin duda, la mujer que más admiro por su valentía, decisión, arrojo, por ser simplemente brillante y tan libre como para dar la vida por sus convicciones, poner voz en aquellos que no la tienen, es sin lugar a dudas la zoóloga Dian Fossey.

En cualquier caso, ahora en tiempos de guerra, y en cualquier lugar del mundo donde la miseria moral y económica habita, siempre mis pensamientos van a las mujeres, a las niñas. Esas sufridoras anónimas, que han venido al mundo para ser machacadas por la vida, y luchan cada día por ellas, y por sacar a sus hijos adelante. Ellas tal vez actualmente son las que marcan mis pensamientos.

En el mundo del ecologismo, ¿le han dicho alguna vez “esto no puedes o no sabes” solo por el hecho de ser mujer?

Por supuesto. Y supongo que tendré que escucharlo aún alguna vez más, sin duda. Quiero decir, que dentro del mundo ecologista también existe el machismo. El hecho de obviar el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre, es transversal a todas las facetas de la vida, no es exclusivo de ninguna, como también lo es quien no lo acepta.

El ecofeminismo sostiene la existencia de vínculos profundos entre la subordinación de las mujeres y la explotación destructiva de la naturaleza, ¿comparte estas ideas?

Las comparto en parte. Cualquier posición para defender la salud del medio que nos sustenta me es válida, creo que cada cual debe encontrar su punto de vista y defenderlo. Existe tanta diversidad de ideas como diversas somos las personas, son muchos los caminos que se pueden seguir para conseguir un mismo objetivo. Aunar esfuerzos es lo importante. Pero jamás cerrar las puertas a colectivos, ya sean sociales, de género, etc. Que se defiendan diversos puntos de vista siempre es enriquecedor. La conservación del medio ambiente, no entiende de partidos políticos, género o profesión. Las medidas se deben de tomar ajenas a intereses personales, hay que pensar en colectivo. Conservar el medio ambiente, implica, sin remedio, crear un mundo más justo para todos y todas.

Usted que viene de la capital, ¿cree que desde fuera se conoce y valora el trabajo que desempeña la mujer rural?

En absoluto. Ni se conoce, ni se valora. Si ya el trabajo en el campo, el agrícola y el ganadero, que es el que nos da de comer, se ha denostado conscientemente en nuestra sociedad, el valor del trabajo femenino en el mundo rural es simplemente invisible. Es cierto que existe un fuerte movimiento para dar la visibilidad a las mujeres rurales, para poner sobre la mesa su figura como mujer primero, y como trabajadora rural al mismo nivel que cualquier hombre, pero creo que el camino es aún más largo y con más trabas que en otros campos.

Usted colabora con este medio regularmente, ¿qué importancia le da a la divulgación de nuestra tierra, su riqueza y sus amenazas, entre los ciudadanos?

Le doy la máxima. Se ama lo que se conoce, y se protege lo que se ama. Las personas que tenemos la suerte de vivir en medios rurales, tenemos que ser conscientes de cuáles son los valores reales que nos rodean, los que pintan nuestros paisajes, aquellos que han forjado la esencia de las gentes que viven en ellos y sentirnos orgullosos y orgullosas de ellos. Nos han vendido que vivimos en la “España vaciada”, y no es así. Es una parte de España llena, plena de naturaleza, de biodiversidad, de belleza, de vida. Por eso es tan importante divulgar, enseñar a descubrir aquello que habita en los paisajes que nos dan la vida. Solo siendo conscientes de su riqueza, podremos evitar que se exploten y se degraden, podremos evitar que nos los vacíen de verdad.

¿Cree que el ser humano puede cambiar?

Nuestra evolución como especie es ya un cambio constante desde que los primeros homínidos aparecieron en el planeta. Y la evolución no es otra cosa que la carrera en busca de la supervivencia como individuo dentro de una especie, así que sí, creo que podemos cambiar. Otra cosa es si queremos. Nuestro paso por el planeta, compromete una franja pequeña de su edad, somos una mota de polvo en su historia, y de nosotros y nosotras depende que esa franja dure tanto como un desastre natural global nos lo permita. Nos creo capaces de cambiar, pero también estoy convencida de que como en la película “Don’t look up” dejaremos que “el meteorito” acabe con nosotros. Es una sátira que nos describe perfectamente. Por algún motivo que desconozco, luchamos denodadamente contra nosotros/as mismos/as.