José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la región de Murcia de Caravaca y de la Vera Cruz.

Durante la segunda mitad del pasado S. XX, época a la que asiduamente me refiero como la víspera de nuestro tiempo, fueroEl Buleron languideciendo y desapareciendo costumbres que se habían prolongado en el tiempo, unas desde época medieval, y otras desde el Renacimiento y el Barroco, las cuales tuvieron su marco temporal a lo largo de la Cuaresma, y la Semana Santa, período de tiempo anual entre el Miércoles de Ceniza y la Pascua.
Como preparación a la Cuaresma se celebraban los domingos denominados de Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima, en que la liturgia católica comenzaba a utilizar el color morado en el ceremonial religioso, y en que se conmemoraba el tiempo de la desviación, la viudedad y el perdón entre el Pueblo hebreo. También en las vísperas se aguardaba por la sociedad creyente la llegada de la Bula a las iglesias parroquiales, que no era sino una autorización escrita para obviar los rigores de los ayunos y abstinencias de comer carne propios de dicho período, a cambio de una limosna selectiva, de acuerdo con los ingresos económicos de las familias. La llegada de la Bula se anunciaba con repique especial de campanas que la gente de cada lugar conocía en ese código acústico no escrito, transmitido oralmente de padres a hijos de generación en generación.
Mediado el período cuaresmal, y en las inmediaciones temporales del cuarto domingo, denominado de letare (en que la liturgia eclesiástica, a manera de alivio, permite el color rosa en lugar del morado en las ceremonias religiosas), las gentes se afanaban en lo que se denominaba romper la cuaresma, fecha o fechas en las que se permitían ciertas licencias en el comportamiento social, prohibidas a lo largo de ese tiempo. Su manifestación era diferente según el lugar, y sólo queda pervivencia de ello en la localidad de Abarán, donde aún se siguen colgando de los balcones domésticos muñecos de trapo alusivos irónicamente a aspectos criticables de la vida local. También es posible (aunque sólo se trata de una teoría de trabajo), que las tamboradas de Moratalla y Mula (como las celebradas en otros lugares de España), tengan su origen histórico en la costumbre de romper la cuaresma, si tenemos en cuenta el término semántico rompida con que en determinados lugares se refieren al comienzo de tales tamboradas, y romper el fuego en Moratalla; si bien es cierto que en todos los casos, con el paso del tiempo se ha cambiado el marco temporal de su celebración a la Semana Santa, ya en días festivos.
El Primer Domingo de Pasión (anterior al de Ramos) se cubrían las imágenes de todos los templos con paños morados, permaneciendo ocultas a la vista de los fieles hasta el Domingo de Pascua. La costumbre era generalizada y desapareció, como tantas otras, víctima de la interpretación de las directrices emanadas del Concilio Ecuménico Vaticano II.
También desaparecieron, aunque por motivos diferentes, los misereres celebrados a las tres de la tarde de cada viernes de cuaresma, al pie de la Cruz en su basílica de Caravaca, aunque éste se celebra, a otra hora, por la cofradía Marraja en Cartagena. Finalmente también desapareció, salvo en Albudeite donde se sigue celebrando, la denominada Quema de Judas el domingo de Pascua; una costumbre muy arraigada en los pueblos y ciudades de la región de Murcia, a la que en su día se refirió el antropólogo Julio Caro Baroja. Con esta quema se ridiculizaba la figura del apóstol traidor y se escenificaba el triunfo del bien (la resurrección de Cristo) sobre el mal representado por Judas, y en otras partes por el Demonio que figura encadenado por ángeles en la procesión matinal del Resucitado en lugares como la ciudad de Murcia. La Quema de Judas tiene lugar en la localidad de Albudeite, a medio día del Domingo de Pascua, prendiéndose fuego a un muñeco de trapo que en su interior alberga abundantes elementos pirotécnicos, al que se dedican toda clase de burlas e improperios mientras éste se consume.
Permanecen, sin embargo, costumbres antiguas como la popular Noche del Reventón el martes de carnaval, en que las gentes consumen tortas fritas mojadas en chocolate, preparando al cuerpo a los ayunos y abstinencias que a otro día, Miércoles de Ceniza, daban y dan comienzo por ser el primer día de la Cuaresma. Así mismo la de visitar imágenes del Nazareno durante el primer viernes de marzo en la mayor parte de los pueblos y ciudades de la Comarca. En Caravaca se hace en la ermita de Santa Elena ante Ntro P. Jesús de Los Morados. En Cehegín ante una imagen también de Ntro. Padre Jesús Nazareno en la iglesia mayor de Sta. María Magdalena. Así mismo en Bullas en la Parroquia del Rosario y en Moratalla en la de la Asunción.
También pervive en Caravaca la costumbre de visitar, en su capilla del crucero de la Basílica de la Sta. Cruz durante el denominado Viernes de Lázaro (previo al de Dolores), la imagen del amigo de Jesús: Lázaro de Betania, hermano de Marta y María, a quien resucitó Cristo después de permanecer tres días enterrado en su tumba.
Los mayores recordamos la existencia de viejas libretas de cocina, heredadas de madres a hijas y presentes u olvidadas en algún lugar recóndito de las casas, con recetas culinarias escritas a mano, propias de la Cuaresma y Semana Santa, como los potajes de verduras y bacalao, empanadas de patata (propias de las tierras del Altiplano Jumilla-Yecla) y platos preparados a base de pescado.
Durante el denominado Triduo Sacro (Jueves, Viernes y Sábado Santo), enmudecían las campanas en señal de duelo por la muerte del Redentor. Del aviso desde la torre del templo a la celebración de los Santos Oficios, se ocupaba la Carraca, o Matraca según el lugar, que no era sino un artilugio de madera con mazos que golpeaban una tabla, produciendo un sonido seco y sordo que invitaba al recogimiento. Las campanas regresaban con sus alegres sonidos en la mañana de gloria, el sábado, tras los Oficios de la Pascua. La Carraca se conserva y se acciona durante la Semana Santa en lugares como Blanca y Cieza.
De todos los templos en donde el clero era abundante en otros tiempos, desapareció la recitación del Oficio de Tinieblas a las tres de la tarde del Viernes Santo, tras el cual se apagaba el Tenebrario (o candelabro de siete brazos) y los clérigos golpeaban sus asientos en el coro rememorando el eclipse y terremoto que siguieron a la muerte de Cristo a esa hora de la tarde del primer Viernes Santo de la historia.
Permanece sin embargo, la costumbre de colocar en los balcones de algunas casas la palma con que se ha participado en la procesión matinal del Domingo de Ramos. Y también permanecen los vía-crucis callejeros o celebrados en el interior de los templos. Así como, y con inusitado vigor, las representaciones escénicas del Lavatorio, Prendimiento Descendimiento y sepultura de Cristo en Calasparra, Bullas y Caravaca respectivamente. Los cultos a los titulares de cofradías y hermandades como novenarios, septenarios, quinarios y triduos, a los que se han incorporado recientemente, de forma generalizada y a manera de ensayo general, los traslados previos y preparatorios de los cortejos procesionales a lo largo de la Semana Santa.