CARLOS MARTÍNEZ SOLER

En toda serie siempre hay un capítulo que roza la excelencia, un relato que cuando termina provoca que nos quedemos un tiempo sentados mirando la TV asimilando aquello que acabamos de ver.


Para mí Fargo, la serie, en su conjunto es una obra maestra, la recreación que se ha hecho del universo Coen es exquisita y me resulta casi imposible ponerle alguna pega. Si las tiene yo no las veo, pero eso sin duda es otro cantar. Hoy estamos aquí por un capítulo en concreto, una de esas microhistorias que te quitan en el hipo, que te dejan estupefactos y este es el caso del episodio 8 de la temporada 3.
Su metraje son 48 minutos, pero las sensaciones que provocan en el espectador son tales que parece que todo se esfume en un abrir y cerrar de ojos. La cosa empieza fuerte, con un accidente de coche y unos asesinos buscando a su presa, siendo aquí, cuando empieza el cine con MAYÚSCULAS. La puesta en escena sobria, mezclada con cámara lenta, ausencia de sonido y esa recreación del horror tan visceral y a la vez tan surrealista del mundo Coen toman presencia, apoderándose de la pantalla y dando lugar a un inicio de capítulo angustioso, desquiciante, hasta que por fin somos testigos de que nuestros protagonistas han escapado. Bien, podemos tomar aliento, eso sí, solo un poco, pues prácticamente sin respiro empieza la segunda parte, la cacería humana por esos paisajes helados, donde todo rezuma calma y terror al mismo tiempo, siendo en este fragmento donde la cosa parece calmarse, donde surgen las primeras pinceladas de humor negro y donde de nuevo la violencia se abre camino, aunque esta vez muchos más explícita y cruenta. Ya lejos de estas gélidas tierras nuestros personajes van a parar a una bolera en medio de la nada, uno de esos escenarios atípicos, absurdos, que nadie parece comprender pero donde los tintes filosóficos hacen acto de presencia, pues entra en escena uno de esos personajes olvidados que envuelve bajo tintes bíblicos y misteriosos una historia que posiblemente marque el devenir de la serie.
Finalmente, la sorpresa, esa vuelta de tuerca, esa resolución inesperada que te deja pegado al maldito asiento. No sé cuántas horas han pasado ya de esto, pero necesito a Fargo, pues cosas así sí que merecen la pena.