Pedro Antonio Martínez Robles

A mi madre la parteó José María el practicante en seis de sus siete alumbramientos; unas veces asistido de la comadrona María Luisa y otras sin más asistencia que su conocimiento y la experiencia de haber traído al mundo a más de medio pueblo de Calasparra. Hasta el 19 de enero de 1963, mi madre había parido a dos niños varones: mi hermano Juan Carlos y yo. Y aquel mediodía luminoso de enero que recuerdo con total nitidez, a pesar de mi corta edad, cuando mi hermana Pura sacó la cabeza a la luz de la vida, José María vaticinó: <<¡Maruja, viene una nena!>>.

José María había sacado a tantos críos de las entrañas maternas que sólo necesitó ver la cara de la criatura para saber que se trataba de una niña, pues, como le explicó a mi madre, por alguna razón natural que alguien sabrá y que yo desconozco por completo, los niños vienen al mundo mirando al suelo y las niñas mirando al cielo, o, lo que es lo mismo, unos bocabajo y otras boca arriba. De entonces acá ha habido muchos cambios, no tanto en la manera de parir, que viene a ser, en esencia, la misma, como en la forma de auxiliar a las parturientas. Y ha sido, a mi juicio, para bien, pues no siempre se cumple ahora la bíblica sentencia de “Parirás con dolor”, ya que se ha pasado del uso del fórceps sin paliativos o la urgente cesárea sin el engañoso sopor de una mala copa de coñá, a los partos a la carta con anestesia epidural. Y todo sin que medie la sorpresa de si será niño o será niña lo que ha de venir del estado de buena esperanza. Pero antes de llegar a estos puertos, en la época en que yo vi la luz primera, no había manera fiable de conocer el sexo de quien estaba por venir al mundo, salvo por algunos rasgos que las adivinadoras de turno decían reconocer en las preñadas con el escaso margen de error del 50%. Sin embargo hoy la ilusión de esa sorpresa se ha disipado por completo, pues meses antes de llegar a ser algo fuera de la panza materna, ya pueden hacerle a uno una película completa y a todo color de todos los detalles de su cuerpo. Es, sin duda, magnífico y provechoso este avance de la Ciencia y la Tecnología, pero no nos olvidemos que seguimos siendo “enanos subidos en hombros de gigantes”, y si descuidamos un método tan elemental para alimentar el conocimiento como es la observación de lo cotidiano –método que tan bien le funcionó a José María el Practicante en su    trabajo–, tal vez estemos desperdiciando la inagotable riqueza que nos ofrecen todos los simples signos que nos rodean. Y tomar esta riqueza no cuesta nada, sólo el esfuerzo de abrir los ojos y mirar.

 

11 de junio de 2008