GLORIA LÓPEZ

Mientras que hay encierros a los que nos llevan nuestros miedos, también los hay a los que nos someten nuestras libertades. Eso le pasó a Leonora Carrington, que se desató en ella una libertad que no era la correcta para mujeres de su posición y que hicieron de su vida una cárcel.

De padre inglés y madre irlandesa, nació un 6 de abril de 1917 en un pueblo de la zona rural en el noroeste de Inglaterra. Nunca se habituó a los campos verdes de la mansión ni a la vida inglesa en la campiña. Mientras las demás se dedicaron a tomar té, ella andaba siempre dibujando las líneas imprecisas de su realidad. Una realidad rebelde, indómita, libre en todos los aspectos. Apasionada del ocultismo, del tarot, la cábala y todo lo que tuviese que ver con lo que no se explica. Quizá fuese su visión de lo no visible lo que la llevó a sentirse tan lejana a los demás.

Pese a la oposición de la familia pudo estudiar arte y entrar en círculos en los que se relaciona enseguida con lo más destacado de las tendencias de la época y en los que conoce, una noche de vino y rosas, al hombre que la marcaría en la vida y en el arte. Corría el año 1935 y en el baile de debutante que su padre tenía organizado para ella en el Palacio de Buckingham cambió de pareja y de ritmo y huyó a París con  Marx Ernst, pintor y artista surrealista, casado por aquel entonces y veintiséis años mayor que ella.

Pasaron un tiempo en la capital hasta que decidieron alejarse a un pequeña finca en un pueblo donde se dedicaron a pintar y desarrollar sus cualidades. Pero el destino nunca estuvo de su parte, y en 1940 Ernst es detenido y trasladado por segunda vez a un campo de concentración, declarado enemigo del régimen Vichy.

La cosa a partir de ahí nunca fue a mejor, al contrario que sus cuadros. Huye de París pensando que en España estaría a salvo, pero su padre corrió esta vez más que ella y la volvió a meter en el baile. Un poco, la verdad, desvariada por vivos y muertos, fantasmas y nazis, cree que puede salvar a España de Hitler y anuncia su cruzada contra todos ni más ni menos que visitando al cónsul británico en Madrid, para contarle su teoría sobre cómo liberar las mentes de los españoles del embrujo fascista. El cónsul y su familia decidieron encerrarla en una habitación del Ritz donde ella aseguraba conectarse con el más allá, eso sí, desnuda y preparándose para ir a ver a Franco y salvarlo de su trance hipnótico. En fin, del Ritz a un sanatorio de Santander fueron dos alucinaciones más.

Fueron seis meses “abajo”, como ella llamaba al sanatorio donde la mantuvieron atada, vejada y drogada y en el que conoció lo que realmente es el surrealismo. De allí saldría su cuadro “Memorias de Abajo”. Mientras que el padre y el doctor no sabían cómo tratarla ya, ella no para de gritarles a la cara :”No admito su fuerza, el poder de ninguno de ustedes, sobre mí. Quiero ser libre para obrar y pensar; odio y rechazo sus fuerzas hipnóticas!». De entre tanta locura parece que algo le quedaba de lucidez. La que debió de ver un primo que la ayudó a escapar y la  reunió con un antiguo amigo con el que terminaría casada, a pesar de que no se querían, Renato Léduc. Cualquier cosa antes que dejarse arrastrar por la familia a Sudáfrica, donde quieren internarla. Escapa de su padre, pero no de su pasado y en la capital lusa se encuentra con Max Ernst, liberado del campo de concentración y liado con Peggy Guggenheim.

Pero ya es tarde para todo, estaba casada con Renato y deciden coger un barco a Nueva York, donde viven un año y después se trasladan a México. Allí pasaría el resto de su vida, convertida en la gran dama del surrealismo, con una existencia tranquila, comparada con lo que había vivido, cualquier cosa es tranquila.

Entre charlas y pinturas, cocinas y cenas, feminismo y amigos, se separa de Renato y tiene dos hijos con el húngaro Chiki Weisz. Su casa de Colonia Roma se convierte en el epicentro del arte surrealista donde van a pasar sus horas André Breton, Benjamin Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen y la pintora Remedios Varo.

Leonora falleció de una neumonía el 25 de mayo de 2011, tenía 94 años y seguía renegando de su titulo de “musa del surrealismo”: Yo nunca tuve tiempo de ser musa de nadie. Valoraba demasiado mi tiempo y tenía demasiado trabajo intentando ser artista y rebelándome contra mi familia como para hacer de musa a nadie».