GLORIA LÓPEZ

Llevamos tantos días de confinamiento que ya perdemos el norte, el sur, las horas viendo Netflix cuando teníamos que estar teletrabajando y hasta la línea, deseando solo salir a la calle, aunque sea gordos y arruinados. Pues justo lo contrario debió de pasarle a Maria Callas, que empezó siendo libre, gorda y arruinada y acabó, por su propia voluntad, flaca, rica y enclaustrada.

Su vida desde luego dio para una ópera de varios actos y un final trágico.

Nacida en Nueva York en 1923, Ana María Sofía Kapalogeropoulou no tuvo una infancia feliz. Sus padres, inmigrantes griegos en la gran manzana, se separaron pronto y la madre decidió volver con sus hijas a Atenas, pero eligió mal en momento. Mientras ella mantiene una guerra consigo misma y su madre, su físico y sus miserias, el resto del mundo se enfrenta a la II Guerra Mundial y los ejércitos alemán e italiano invaden una ciudad donde solo había miseria. Solo saldría de ella gracias a su maestra y amiga Elvira Hidalgo que acude en su ayuda. La historia es de sobra conocida, se casa, adelgaza, se vuelve rica y hermosa hasta que en 1959 se topa con el que sería el detonante de sus desgracias.

El magnate griego Aristóteles Onassis sería otra más de sus muchas desgracias, tampoco vamos a echarle todas las culpas a él. O quizás sería la última o el desencadenante de todas las anteriores… vete tú a saber lo que pasaría por aquella cabeza que al final de sus días (tan cortos) dejó hasta de hacer lo mejor que se le daba: cantar.

Lo que empezó como Pretty Woman acabó como Medea y en Medea:  traicionada, sola, perdida y abandonada. Tras quedar embarazada y sufrir un aborto, las fiestas y los excesos, las alegrías y las tristezas, todo va dejando un poso en la frágil Maria que cada día la hace más vulnerable.

En 1961, durante una interpretación de Medea protagoniza un auténtico pulso con el público, al que se enfrenta al ser abucheada. Aquel día gana, pero ya no sería lo mismo. Pierde las fuerzas y las ganas, además de la voz y piensa que su único cometido ya en la vida es cuidar de Onassis. Tenía 41 años.

Pero para Ari no es ni mucho menos la última woman y buscan en Jacqueline Kennedy su nueva pretty para pasear. En 1968 deja a María y hace realidad el sueño de la cantante en la famosa viuda, se casa con ella ese mismo año. Después de habérselo negado a Maria durante su corta, pero intensa relación.

Lo demás fue todo encierro. Los días, los meses, los años siguientes de la soprano fueron un continuo llorar por Onassis y lo que podía haber sido. Se encerró en el apartamento de París que el magnate le había regalado, y aunque él volvió unos años después, solo y divorciado, a morirse a la ciudad del amor, ella nunca lo perdonó.

Tenía 53 años cuando la muerte la vino a buscar entre discos y recuerdos en su casa parisina, pero no la sorprende. La llevaba buscando en la soledad de su apartamento casi diez años.