GLORIA LÓPEZ

Juana la Loca ha sido uno de los muchos personajes femeninos sobre los que la historia ha vuelto su mirada, descubriendo que no siempre la verdad histórica es la realidad de mujeres de carne y hueso que fueron víctimas de la sociedad, el poder o los prejuicios. Juana la Loca estuvo 50 años encerrada en contra de su voluntad, pero muchos más considerada loca.

Juana I de Castilla nació en 1479, hija de los Reyes Católicos. Cuenta la leyenda que el día de su nacimiento una gitana echó cartas y sentenció:
–La recién nacida será reina, pero no reinará. Será madre de reyes y de reinas, pero morirá en soledad.

Profecía que se cumpliría al pie de la letra…

No nació para ser reina, pero la muerte uno tras otro de sus hermanos mayores la convirtió en reina, muy a su pesar. Era dificultosa en general, no le gustaba ir a misa ni atender a la Corte, prefería montar a caballo y estudiar. Los historiadores cuentan que se encaraba frecuentemente con su madre, Isabel la Católica, quien nunca llegó a entenderla ni a dirigirla. Lo que sí dirigiría sería su futuro casamiento con el hijo de Maximiliano de Austria, un tal Felipe el Hermoso. Por el camino a Francia, donde la mandaron para conocerlo, cumpliría los dieciséis años.

El encuentro fue apoteósico y ambos cultivaron una pasión que le duró bastante más a ella que a él. Supongo que no es que no la quisiera, es que reina había una y mujeres muchas. El caso es que Juana le dio seis hijos, el segundo de ellos, primer varón, sería Carlos el futuro emperador. Hasta ese la traicionaría.

Pronto se convirtió en el foco que enfrentaría a su marido y a su padre por el poder. Por un periodo de diez semanas el Hermoso pensó que había ganado el trono, pero fue el tiempo que tardó en morirse como rey, dejando a una Juana sola, con seis hijos y enfrentada a su padre. Aunque en un principio enterraron a su marido en la Cartuja de Miraflores, ella decide cumplir la voluntad de este, desenterrarlo y llevar sus restos a Granada. Durante meses viajó embarazada, con un cortejo fúnebre durante la noche por tierras castellanas entre incienso, velas y rezos en los que nunca había creído.

El Católico tenía la oportunidad y los hechos para tratarla como loca y asumir el poder.  Así, en 1509, Juana fue definitivamente recluida en Tordesillas junto a su hija, la Infanta Catalina, nacida una vez muerto Felipe y que la acompañó en su encierro hasta que se casó. Durante 46 largos años, la reina permaneció encerrada con el beneplácito de su padre primero y de su hijo después.

A pesar de que Juana renunciaría al trono para no perjudicar a Carlos I, este no le pagó con la misma moneda. Endureció el encierro y encargó al marqués de Denia una rutina carcelaria más estricta aún. Cada día más alejada de la realidad, deteriorada física y mentalmente, finalmente muere a los 76 años de edad. Había correinado con tres reyes durante 50 años, los mismos que estuvo encerrada y ni siquiera tuvo funerales de reina.

A nosotros hoy nos mantiene encerrados un virus y nos creemos incapaces de soportar un mes entre cuatro paredes. Qué pensaría Juana, víctima de las ambiciones de poder de su padre, su marido y su hijo, encerrada durante décadas sin más justificación que la locura de poder de otros, esa pandemia que ha existido desde el principio de los tiempos.