GLORIA LÓPEZ

Dicen que solo hay una cosa que sobrevive al amor, y son los prejuicios. Cuando estos son los de tu madre, los de la sociedad y un amor mal entendido, tienen como resultado 30 años de encierro en un sanatorio. La suya es una historia donde se entremezcla el talento con el amor y la locura con el arte. El nombre de Camille Claudel (Villeneuve-sur-Fère, 1864) ha trascendido al tiempo, muy a su pesar, más por ser musa y amante del escultor Auguste Rodin que por su talento artístico. Hoy me sirve como ejemplo de otro tipo de encierro, el involuntario.

Auguste y Camille se encontraron por primera vez en 1883 cuando el escultor, de 43 años, visitó el taller donde ella, de 19, trabajaba. A la joven le había costado mucho esfuerzo que sus padres, de origen modesto, aceptaran su vocación en un tiempo en que las cosas no eran fáciles para una mujer, menos si pretendía ser artista y aún peor si se decantaba por la escultura. Aquel primer encuentro determinaría para siempre el futuro de la joven. Nada más ver sus yesos descubrió el maduro artista en ella un alma gemela y pronto la llamó a trabajar a su taller. La única mujer entre sus alumnos, rápidamente convertida en objeto de burlas. Pasó de ser musa a amante, su rostro, su talle, sus formas, pronto fueron reconocibles en sus esculturas, para escándalo de su familia. Rodin alquiló una casa donde establecieron un taller privado que nunca llegó a ser un hogar, puesto que él nunca abandonó (quién sabe si obedeciendo a la ternura, al amor o a la culpabilidad) a su mujer, Rose. En su pequeño reducto de creación, ambos trabajaban de igual a igual, pero fuera de esas cuatro paredes, ella era sólo la alumna de Rodin, o peor, su amante. Mientras Rodín subía como la espuma, ella iba cayendo. Se sentía humillada, quería demostrarle al mundo que sí, que era una mujer, pero también una gran escultora. En 1894 se inicia un progresivo distanciamiento de la pareja, que se convierte en una ruptura definitiva a finales de 1898. Ella era presa de los celos, artísticos y amorosos. Se estableció por su cuenta. «Se me reprocha (¡espantoso crimen!) haber vivido sola». Pasó así unos años de febril dedicación a la escultura en los que apenas salía de casa, abandonada de sí misma y sufriendo penurias económicas. Finalmente cayó enferma, pero la muerte se volvió esquiva. Comenzó a sentir miedo, apenas comía y destruyó a martillazos sus propias obras. Eran los primeros síntomas de una demencia que tenía como eje de sus iras a Rodin, al que tanto amara. Al morir su padre, la única persona en la que Camille encontró algo de comprensión, su madre la arrastra a un sanatorio ante la opinión médica de que sufría severos trastornos mentales que la hacían peligrosa para sí misma y para los demás. Camille vivió en la más extrema soledad, puesto que su madre solicitó que no se le permitiera recibir visitas ni mantener correspondencia. Así, en total abandono, con la mayor parte de su obra destruida por sus propias manos y olvidada por todos, murió en el sanatorio de Montdevergues (al que había sido trasladada en 1914) el 19 de octubre de 1943. Había pasado 30 años encerrada.