GLORIA LÓPEZ

Vamos por la primera semana del segundo confinamiento  y yo no paro de preguntarme que puede llevarte a encerrarte por propia voluntad entre cuatro paredes. Da igual que las paredes sean más grandes o más pequeñas, más negras o más blancas, más nuevas o más desgastas. Es una soledad tan impuesta la suya como la nuestra, pero de otra manera.

A Oriana Fallaci la soledad se la impuso el miedo al mundo exterior. Un mundo que ella veía en guerra constante entre “los que comen carne de cerdo y los que no”. Entre la libertad occidental y la esclavitud islámica. Nunca tuvo medida y mientras fue libre, fue todo lo libre que puede ser una mujer italiana, periodista y cronista de guerra. Pero cuando el miedo entró en su cabeza, no pudo tampoco sujetarlo.

Oriana Fallaci nació y creció en el seno de una familia humilde italiana. El padre era un cartero miembro de la resistencia contra la ocupación nazi que mandaba a la pequeña Oriana con mensajes cuando él fue detenido. Su suerte ya estaba decidida y el periodismo era lo suyo, mirar y juzgar los acontecimientos, también. Primero en Florencia, ciudad que abandonó al despedirse del periódico por no querer hacer una entrevista a favor del entonces secretario del Partido Comunista, más tarde a Milán y poco después a Nueva York, donde puso en marcha toda la artillería dialéctica que la caracterizaba y que la llevaría a ser una de las mejores en lo suyo. Las entrevistas.

Durante una de ellas conocería al que sería su único amor: Alekos Panagoulis. El poeta y  activista líder de la oposición griega a la Dictadura de los Coroneles salía tras cinco años de encierro en la cárcel, ella le esperaba para entrevistarlo. Los caracteres chocaron tanto como para no dejar de pelearse ni amarse hasta que, en 1976, Alekos moriría en un “accidente” de coche. Nunca llegó a recuperarse y ya sin miedo a perder nada se volvería cada vez más agresiva en su discurso ante todo lo que ella consideraba que debía criticarse.

Para entonces Oriana ya había lanzado sus primeras críticas contra el islam y su concepción de la mujer, pero fue en Inshallah (1990), donde mejor reflejó sus miedos y acusaciones contra una religión “de fanáticos  e intolerantes”.

Contra el mundo y contra ellos se encerró en un apartamento muy cerca de las torres gemelas durante casi 10 años. No salía, no hablaba con nadie ni quería que la visitaran, solo su hermana  y su sobrino la mantenían cerca de la realidad exterior.

Una realidad que ella quiso mantener muy lejos y que vino a estallarle aquel 11 de septiembre de 2001 justo enfrente de su ventana. Con las Torres Gemelas cayó su aislamiento voluntario, pero ya era tarde. Un cáncer terminal se estaba comiendo desde dentro lo que ella pensaba se lo arrebatarían desde fuera.

Su discurso y su posición contra la cultura musulmana se radicaliza y sus artículos fueron denunciados antes los tribunales en Francia por  racismo y xenofobia. Pero no paró de criticar lo que ella veía como el dejar morir la sociedad occidental frente a las demás.

Ya solo saldría del apartamento de Nueva York para ir a morir a Florencia, donde quiso que la enterraran en una ceremonia laica. Fiel a sus principios hasta el final. Tenía 77 años y una de sus última entrevistas fue al papa Benedicto XVI. Nunca trascendió lo que allí se dijo.