Pedro Antonio Hurtado García

La preocupación, de cara a Navidad, se halla centrada en decidir si serán seis o diez los comensales que puedan reunirse. También nos ocupa conocer la definición de “allegados”, descabellada opción colmada de profunda ambigüedad. Y, por no existir un liderazgo único, como debería ser, se genera la expectativa de conocer cómo se pronunciará cada Comunidad Autónoma. No parece razonable que tengan que existir 17 gobiernos para decidir la Navidad de unos y otros españoles, cuando, todos, merecemos idéntico tratamiento. Necesitamos una postura única que, además, debe ser restrictiva.

No podemos permitir, tras las experiencias vividas, que se alimenten nuevas oleadas del cruel coronavirus, incorporando contagios que producen fallecimientos. Nada ocurre si no celebramos la Navidad con visitas abultadas. Huyamos de aglomeraciones y que cada uno cene o coma como cualquier otro día. Luego, a quien le parezca bien, usando las nuevas tecnologías, que conecte con sus familiares y los dichosos “allegados”, mediante videollamada o, sencillamente, con una llamada normalita.

Es bastante más útil sembrar la esperanza de vivir muchas Navidades futuras, ya vacunados, incluso, que perecer en el capricho de no perdonar ni una fiesta. Es que somos… ¡¡¡tremendos!!!.

Y, con esto, no perjudicamos a comercios, hostelería o consumo, porque todo el mundo va a ingerir lo mismo, acompañado o con menos afectos. No compliquemos lo sencillo e instalémonos en la cordura.

Aplaudamos la medida adoptada por Madrid, anulando la celebración masiva de las tradicionales campanadas en la Puerta del Sol. Animemos opciones semejantes, porque no son pocas las acciones que podemos incorporar si, con el esfuerzo y la responsabilidad de todos, somos capaces de mentalizarnos y otorgarle al problema la enorme importancia de la que goza. Buenos días.