Diego J. Boluda./Concejal de Educación del Ayuntamiento de Mula

Nos enfrentamos al inicio de curso más polémico de los últimos años. Esta pandemia si algo ha hecho ha sido destapar las vergüenzas de nuestro sistema educativo. Nuestro olvidado y maltratado sistema educativo.

Estamos viviendo en primera persona como la COVID19 está generando múltiples problemas de toda índole; económicos, laborales, culturales, sociales e inevitablemente también educativos. Un problema educativo necesita de una solución educativa. Puede parecer obvio, pero lamentablemente no es así debido a una considerable falta de responsabilidad política. La confrontación y la dejación de responsabilidades han llegado hasta tal punto que provocan desasosiego y hartazgo. Los profesionales de la educación y las familias necesitan soluciones y exigen, como mínimo, asunción de competencias. Se espera trabajo y nivel de quienes estamos ocupando cargos gestores y, ante escenarios como en el que nos encontramos, este trabajo requiere de una categoría política que debe estar al nivel de la situación.

La brecha digital, las aulas masificadas o la falta de profesorado no son reivindicaciones de ahora, son necesidades que desde hace muchos años se viene demandando desde una comunidad educativa que acostumbra a predicar en el desierto. La hoja de ruta que ha escogido nuestra Comunidad Autónoma para abordar el problema de la masificación de aulas provoca sonrojo, y es que no es comprensible ni concebible que para solucionar este problema se vaya a echar (literalmente) a los alumnos de los centros educativos un día a la semana. ¡Con esta ocurrencia se está excluyendo a nuestros alumnos y alumnas del sistema educativo! Reducir su presencia en el centro en un 20% afectará en un porcentaje elevadísimo a las áreas del currículo, privándoles por tanto de su derecho a una educación plena y de calidad. En una Región en la que a nivel estatal ocupamos el segundo puesto en abandono escolar, esta modalidad semipresencial va a agravar más el problema, va a generar más desigualdades entre alumnos y centros, dando lugar a una generación con un grave impacto educativo que, sin duda, no solo va a marcar su presente, sino que determinará su futuro.

Reducir ratios no consiste en quitarse de encima a un grupo de alumnos, reducir ratios es contratar más profesionales y ofrecer una enseñanza más personal. ¿Aún no nos hemos dado cuenta de que necesitamos inversión, inversión e inversión? Esa es la única vía posible y garante para resolver los múltiples conflictos educativos que tenemos.

La solución vendrá cuando se crea con convicción de que la educación es la mejor herramienta para romper barreras socioculturales, es generadora de igualdad y de cohesión social; vendrá cuando se asuman las competencias abandonando actitudes políticas infantiles y lo más importante: mediante una importante inversión, entendiendo que invertir en educación jamás es un gasto, todo lo contrario.

Para ello, es más necesaria que nunca la escucha activa, el talante, el diálogo y el consenso. Una propuesta no puede ser desechada por el simple hecho de que provenga de un grupo político distinto al que esté gestionando o de un sector social determinado, infravalorando las que provienen de ayuntamientos, de docentes o familias. Hay que escuchar a toda la comunidad educativa en su conjunto. Desde la unilateralidad no se puede ni se debe trabajar. Las manos abiertas, los oídos predispuestos y, sobre todo, el construir desde la lealtad, el obligado debate y la reflexión, llegando al consenso.

Las familias se encuentran en un momento muy difícil. Este desatino de la semipresencialidad les genera problemas como la conciliación familiar que, lógicamente, provoca una honda preocupación a padres y madres. Y por si todo esto fuera poco, sumamos la gran pregunta que ronda a las familias, ¿es la escuela un lugar seguro ante contagios para mi hijo o hija?

Afortunadamente, en los centros educativos, contamos con grandísimos profesionales que están dando el cien por cien de su capacidad y energía para garantizar una educación de calidad y un centro escolar lo más seguro posible para los estudiantes. Unos equipos directivos que no han descansado en su periodo vacacional y han estado atendiendo las diferentes instrucciones que iban saliendo. Unos equipos directivos que junto con el trabajo de maestros y profesores llevan diseñando planes de contingencia y elaborando medidas para que la organización del centro sea la mejor, reducir riesgos y lograr hacer de cada centro escolar un lugar apto para el proceso educativo. Los docentes, no lo duden, son los mayores interesados en la protección de los alumnos, tanto educativamente como en lo relativo a su seguridad.

Comenzamos un curso incierto y es difícil y atrevido pedir calma y tranquilidad ante esta situación, pero sí que animo a familias y a estudiantes a que confíen en sus maestros y profesores. Y a su vez, confiemos todos en que la cordura haga rectificar decisiones desacertadas. La Región de Murcia no merece políticas educativas ineficaces.

Confía en tu maestro, él si ha hecho los deberes.