Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Por aquellos días llegábamos al mundo con un pan debajo del brazo, o eso se decía al menos en un alarde hiperbólico y sentimental; pero la mayoría, como es obvio,  venía en cueros vivos y había que vestirlos de un modo apresurado con lo que buenamente se podía, si los padres no tenían posibles, o con lo que la familia, los amigos y los vecinos les proveían en esas primeras horas. Ni siquiera los pastores de la zona y, menos aún, ninguna clase de Reyes, ni Magos ni constitucionales acudían a adorarlos, como se detalla en el relato bíblico. También Jesucristo nació desnudo en un humilde portal, sobre un colchón de paja y junto a una mula y a un buey, y no parece que el incienso, el oro y la mirra que le llevaron de regalo le sirvieran de mucho en su corta y ajetreada vida, cuyo trágico final recordamos y celebramos de modo paradójico todas las primaveras.

No existían los pañales de usar y tirar, sino que las madres utilizaban unas gasas para esos menesteres; de manera que cada vez que el bebé se ensuciaba, había que lavarlo todo de nuevo. Aquello resultaba incómodo, sin duda, y no demasiado higiénico y el culito de los niños solía irritarse con frecuencia. Como contrapartida gateaban por toda la casa desde el principio,  se llevaban las manos a la boca, chupaban cuanto se encontraban en su camino, se caían, se cortaban, se magullaban, y la madre de vez en cuando les limpiaba los mocos de la cara con un pañuelo grande de tela, se la lavaba con un poco de agua fresca  y los dejaba sentados en el suelo, a veces desnudos, entretenidos con unos cuantos cachivaches que ni siquiera eran juguetes propiamente dichos, tal y como ahora entendemos  ese concepto, sino los restos de objetos de desecho, que a veces  entrañaban algún peligro para la integridad física del infante. Es decir y, resumiendo, desde el primer día éramos sometidos a un duro proceso de sucesivas vacunaciones naturales, en el que, al cabo, sólo quedaban indemnes los más fuertes, los que tal vez y con alguna suerte superarían la etapa más vulnerable de la primera infancia.

Hoy todo es más fácil, o más difícil según se mire. Ya no existe el sarampión, la varicela o la viruela. Las enfermedades endémicas se han erradicado, los niños llevan pañales de marca, súper absorbentes y delicados, los hay incluso para niños y para niñas. Abundan en las farmacias todo tipo de cremas cutáneas para el cuidado de las diversas partes de sus pequeñas anatomías, los biberones se someten a un riguroso procedimiento de esterilización y desde su nacimiento se les compran prendas de tejidos suaves y naturales. Las tiendas Prenatal se convierten en uno de los comercios más visitados y más florecientes junto al Corte Inglés y a la consulta del pediatra. Los vigilamos diariamente, incluso cuando están dormidos y a distancia con una suerte de sofisticados transmisores, aunque disponemos de cunas y parques seguros, divertidas mantas para el suelo, infinidad de juguetes homologados e inocuos, puertas portátiles para las escaleras o cualquier hueco peligroso; los pesamos cada semana atentos y preocupados por su crecimiento, los llevamos al especialista cada mes, aunque no muestren signos de enfermedad alguna, les compramos ropa varias veces al trimestre, bastante más cara que la de los adultos, porque a pesar de que todo es más pequeño en ellos, curiosamente también todo cuesta más.

Antaño los hijos eran casi una inversión de futuro que mandaba Dios a su arbitrio, porque los varones comenzaban a trabajar muy pronto y las hembras trabajaban también y, además, ayudaban en la casa. Los gastos resultaban mínimos. De hecho donde comían dos comían cuatro, y las familias numerosas estaban bien vistas como un triunfo de la virilidad del padre y de la fecundidad de la madre, bendecidos por el cielo.

Hoy se manejan presupuestos considerables ante la inminente llegada de un nuevo hijo. En la televisión y en las revistas especializadas aprendemos que serán imprescindibles la bañera, el cuco, la cuna nido, los diversos juguetes didácticos y sensoriales, el carrito, la sillita para el coche, la cuna portátil para los viajes, los peleles, los pocholos, los patucos, las manoplas, las polainas, los baberos, los buzos, los leotardos y los guantes, el dormitorio infantil con todos los detalles, incluido un armario para la ropa bien provisto en general, una infinidad de botas y de gorros, una infinidad de calcetines, las toallitas con crema para el aseo, los chupetes de todos los colores y todas las texturas hasta dar con el adecuado,  los productos de farmacia, las visitas a los especialistas de pago para confirmar algún diagnóstico o tener una segunda opinión. Y si me apuran, un coche nuevo, más grande y más seguro, para desplazarse con todo este arsenal.

Y, sin embargo, concebir una criatura, verla recién nacida, criarla, alimentarla y educarla es un milagro que no tiene precio. Háganme caso y no se lo pierdan.