Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Ocurrió hace un año justo por estos días, pero no he podido olvidarlo aún. Presentaba mi último libro, «Hablar durante las comidas», en Moratalla, en el salón de actos del Ayuntamiento, donde he venido presentando todas mis obras, porque nunca he podido ni he querido romper con lo más sagrado de mis raíces moratalleras y porque he concebido mi literatura como una continua celebración del tiempo y del lugar donde nací y me crié. Casi doscientas reseñas dedicadas a mis libros corroboran que quienes los leen fuera del pueblo, tienen la seguridad de que su autor, Pascual García, es de Moratalla y escribe precisamente sobre ese insondable misterio.

La cita era a las nueve, creo recordar, pero mi mujer y yo llegamos muy justos de tiempo, porque veníamos de otro acto literario en Murcia. Me extrañó que un grupo numeroso de personas se agolpara en la puerta del Ayuntamiento con aspecto contrariado; así que aparqué el coche y fui saludándolos uno a uno con la alegría del reencuentro y la excusa jubilosa de mi nuevo libro.
Entonces me enteré de que la puerta estaba cerrada y de que no había nadie con intención de ocuparse de aquel acto literario y de nosotros, los protagonistas y el público, a pesar de que el funcionario o la funcionaria de turno habían recibido las órdenes de organizar el evento.
Durante unos largos minutos, departí con mis amigos, pero me sentí en la calle, como si hubiera vuelto a mi casa y me hubieran cerrado la puerta, como si me hubiesen castigado a no entrar en mi pueblo, una suerte de exilio pasajero que me avergonzaba por momentos y que no adivinaba a justificar. Había mandado la información desde Murcia y las invitaciones por correo. Pedro, de la librería Marianela, tenía los libros preparados y me miraba con una suerte de amable complicidad pero todos seguíamos en la calle en la noche soporífera de junio, bajo el bochorno que es capaz de infligir una miserable y anónima empleada municipal, que, al parecer, en aquellos momentos, mandaba más que el propio alcalde, con quien, por cierto, nunca me llevé mal, a pesar de no coincidir en absoluto con sus ideas políticas.
Por fortuna, se encontraba allí mi amigo Diego, concejal a la sazón, que dio las órdenes oportunas muy pronto para que se abriera de inmediato la sala y pudiéramos acomodarnos, al fin, todos.
Parecía que aquello terminaría arreglándose para bien, pero conforme fue avanzando el acto nos percatamos de que el aire acondicionado no funcionaba y de que literalmente nos estábamos ahogando. No pudo hacerse nada, porque nada se había previsto al respecto; de manera que me acordé de los muchos jornales que había echado en los invernaderos del Campo de Cartagena cuando era muy joven, a más de cuarenta grados en el mes de agosto, y seguí compartiendo con los míos aquella fiesta de la literatura y de la amistad como si el calor no tuviera la menor importancia.
Estaban los que merecían la pena, hartos de esperar y sudando, pero fieles y educados. En alguna otra parte, en un agujero oscuro de las dependencias del Ayuntamiento, alguien, mezquino y despreciable, empezaba a caer en la cuenta de no nos había podido sabotear.
Ni siquiera dándonos con la puerta en las narices.