Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Al fin este verano lo he conseguido, al menos en parte. Nunca es tarde si la dicha es buena, reza el refrán, porque mi hijo acaba de cumplir diecisiete años y llevo intentándolo desde los catorce. Las mujeres de la casa, la abuela, la tía y la mamá, con su exceso de mimo, han ido impidiéndolo y han logrado retrasar el momento justo hasta este mes de agosto. Las excusas eran variadas, su juventud excesiva, el calor, las buenas notas del curso, sus manos de violinista. Mis argumentos eran rotundos. Los jóvenes de hoy, como los de siempre, necesitan un tiempo de trabajo físico indispensable, unos jornales en la huerta o en la fábrica, donde aprenderán lo que significa ganarse el pan con el sudor de su frente, pero, sobre todo, donde adquirirán la medida exacta del sacrificio, el valor de los afanes diarios para vivir, esas horas largas y fatigosas que invertimos cada día a cambio de un salario suficiente.
Hay quien no tiene ni idea de lo que cuestan las cosas, porque nunca se las ha ganado con el esfuerzo de sus propias manos, durante ocho horas en un tajo duro y alienante, en el que solo se nos pide nuestra fatiga y nuestra energía.
Allí es donde conocemos a la gente real que habita el mundo, a los héroes verdaderos que llevan un jornal exiguo a casa para que los suyos coman, vistan y tengan alguna vez un futuro, aunque ellos no hayan tenido más que esa condena diaria del trabajo infructuoso.
Una experiencia así es una afortunada manera de conocer al ser humano y de conocernos a nosotros mismos, de llegar hasta los límites del agotamiento y conservar para el mañana un modelo de lo que significa el sacrificio. Quien no ha trabajado de verdad, no sabe que el resto, las oficinas, las escuelas, los hospitales, los bancos o los ministerios no son trabajo en puridad, no son extenuación y desaliento. No suelen dejarnos agotados ni desfallecidos, porque no sufrimos del todo y porque son ocupaciones mejor remuneradas.
Yo quería que mi hijo, inteligente y valeroso, pasara por un trabajo y adquiriera, con ello, la noción más ajustada del sufrimiento cotidiano que la mayoría de los hombres y de las mujeres soporta buena parte de su vida. Estaba seguro de que no le haría daño en absoluto y, a cambio, le ayudaría a ser más hombre, más persona, más solidario y más consciente.
No lo he obligado del todo, pero he utilizado mis tretas y mi poder de persuasión para conducirlo a una faena en serio. Han sido solo unos días recogiendo ciruelas en el campo, pero ha pasado mucho calor, ha aguantado las incomodidades de la tarea y el peso de las cajas con la fruta; a cambio ha conocido a hombres y mujeres que, cuando regrese al curso, a ese Bachillerato Internacional que ya está terminando y que lo conducirá, según su expreso deseo, a una Ingeniería superior, continuarán en otras labores penosas y semejantes, mal pagadas y muy duras.
La suerte de mi hijo es que para él todo ha sido transitorio, aunque espero que no lo olvide nunca y que en el futuro pueda comparar sus afanes diarios con el rigor de un esfuerzo verdadero y recuerde siempre a sus viejos compañeros de fatiga.