PASCUAL GARCÍA

Aunque me gustan todas las verduras, mantengo con las berenjenas una relación exclusiva, basada en una vieja rencilla de jornalero maltratado, pues solo los que trabajamos la tierra y cuidamos de los animales conocemos el valor verdadero de algunos alimentos. Reconozco que lo mío con ellas es personal y quizás también intransferible. Disfruto, eso sí, de las que me hace rebozadas mi esposa y del potaje de los primeros ejemplares tiernos de la temporada, porque su destreza culinaria ha logrado mudar mi fobia hasta un grado de entusiasmo gastronómico notable. Y, sin embargo, de vez en cuando noto el regusto amargo de alguna pieza que se rebela contra su condición comestible.
Un par de veranos cualesquiera de mi adolescencia en los invernaderos de San Pedro del Pintar, llegué a tenerles verdadero asco, aunque asco no sea la apalabra justa, quizás valga aversión, antipatía, incluso odio.
En el interior de aquellos hornos apestosos y casi crematorios, las plantas de berenjena creaban una suerte de túnel vegetal infranqueable, sumido en una perpetua lluvia de un polvillo atroz que se mezclaba con el sudor continuo de nuestros cuerpos y producía una reacción instantánea, un picor mordiente e insufrible contra el que no valía rascarse porque el remedio era mucho peor e incrementaba hasta la locura la picazón. Para colmo, muy a menudo olvidábamos coger las hortalizas por la parte delantera, que es suave, y nos pinchábamos de manera inmisericorde, cuando las agarrábamos por detrás.
En fin, las mañanas se hacían larguísimas, el calor irrespirable, el trabajo de cortar las berenjenas, llenar el capazo y cargar con él hasta la puerta del invernadero, resultaba penoso e insoportable con aquellas temperaturas inverosímiles y en mitad de aquel desierto de algarrobos y almendros retorcidos, plásticos calcinados y mala tierra, porque los invernaderos se colocan precisamente donde hay mucha superficie pero la tierra no es muy fértil; de manera que se trae tierra de otro sitio, se construyen embalses de agua, se protegen los cultivos y se abonan y se sulfatan a modo hasta obtener un fruto óptimo, aunque no sea demasiado natural. Mi carácter campesino percibía ese ingrediente falso en aquellas plantaciones cuasi industriales.
Las berenjenas, en fin, picaban como demonios y pinchaban como enviados del mismo infierno. Aquella fue mi sensación durante todo aquellos largos veranos, esclavizado a una jornada inmensa y a un jornal miserable, empapado en sudor durante todo el día y con un punto de angustia continuo en el principio de la garganta, una repugnancia perpetua a las berenjenas, al polvillo atroz que espolvoreaban para defenderse, imagino, de los que intentábamos arrancarlas de la planta de la que habían nacido.
Y, de vez en cuando, un pinchazo hondo, despiadado, como un error de la vida, porque muy pronto caíamos en la cuenta de que nos habíamos vuelto a equivocar y de que habíamos cogido la hortaliza por la parte trasera. Una pesadilla, al cabo en una atmósfera enrarecida, hedionda y soporífera.
De este modo fui familiarizándome con un vegetal hipócrita, que no da la cara y, sobre todo, como sucede con cualquiera de los productos de la tierra, no expresa el enorme trabajo que alguien invirtió para que un comensal despreocupado, sentado a una mesa bien dispuesta de un restaurante de postín, a la temperatura ideal, pida Bacalao con pisto de berenjena y salsa de aceituna negra o Caviar pobre de berenjenas con anchoas en salazón y huevo roto, por citar dos recetas de cierto prestigio.
Reconozco que, a pesar de mi animadversión justificada e irrenunciable, a veces saboreo con placer su carne tierna y aromática, aunque no sin cierto ánimo de oscura revancha.