JOSÉ LUIS JORQUERA/VOLUNTARIO

En unos días se clausura el Año Jubilar de 2017 y tras intensos meses colaborando como voluntario en la Basílica de la Vera Cruz, uno comienza a hacer una valoración personal y más profunda de lo que ha significado esta experiencia, desde luego una de las más gratificantes de mi vida en los últimos tiempos. No resulta fácil aún hacer una recapitulación sosegada de todos los acontecimientos vividos. Inmersos ya en el mes de diciembre, la actividad en cuanto a peregrinaciones no cesa: la visita de SS.MM los Reyes de España el pasado 28 de noviembre, la inesperada concesión del galardón como Cofrades del Año al grupo de voluntarios al que pertenezco o la gran afluencia de devotos y peregrinos durante el pasado puente de la Constitución son prueba de ello. Eventos que se aglutinan semana tras semana, de tal manera que parece que este Año Santo no concluye, sino que continúa o vuelve a comenzar. Ojalá, esto sea un buen augurio para Caravaca y para la Región de Murcia.


Podría resumir mi experiencia como voluntario en tres sencillas palabras: compromiso, respaldo y legado. Tres conceptos que de alguna forma aglutinan las emociones y momentos vividos en estos últimos doce meses.
Compromiso. Hace aproximadamente un año tomaba la decisión en firme de colaborar en este año tan especial. Se daban las circunstancias laborales y personales para hacerlo. No se trataba de una imposición personal, sino más bien de un impulso casi intuitivo. Yo quería estar allí y quería compartir de cerca la fe y las vivencias de las personas que hasta la Basílica se acercaran. Con el paso del tiempo, este compromiso fue arraigando en mayor medida porque, aunque los voluntarios hemos hecho muchas tareas: informar, acompañar u organizar; sobre todo, hemos acogido al peregrino. Y cuando uno acoge, está en primera línea de acción, permitiendo conocer directamente muchos testimonios: unos nietos que traen exclusivamente a la abuela de la familia desde Brasil para postrarse ante la Cruz de Caravaca, otros peregrinos que tras varios días a pie llegan emocionados y agradecidos hasta la Puerta de San Lázaro y, a buen seguro, muchas otras situaciones que nos han conmovido y que cada voluntario guardará para sí mismo el resto de su vida.
Respaldo. Nuestro heterogéneo grupo de voluntarios ha funcionado bien y lo ha hecho; primero, porque ha contado con el apoyo y la atención constate de todos los miembros de la Cofradía de la Stma. y Vera Cruz y del Rector de la Basílica, cuya labor ha sido francamente encomiable; y segundo, porque entre los voluntarios surgió desde el principio una suerte de entendimiento y capacidad para empatizar y comprender la labor que cada uno quería o debía desarrollar. Esto, unido al espíritu altruista y gran sentido de la responsabilidad de las personas que he tenido el gusto de conocer, solo podía tener un resultado exitoso.
Legado. Desconozco cómo y hasta dónde evolucionarán las peregrinaciones a Caravaca en los próximos años, de ahí que la palabra legado sea más bien un deseo, una aspiración que deberíamos perseguir, evaluar y mejorar continuamente. El contexto de los posibles caminos de peregrinación que llevan a Caravaca tiene una impronta histórica, medioambiental y espiritual tan atractiva y con tanta personalidad que no hace falta imitar escrupulosamente modelos ya inventados en otros lugares; quizá todo sea más sencillo, quizá solo haga falta ser nosotros mismos. Hace unos meses, me comentaba un peregrino de Barcelona, mientras recorría el último tramo de su camino, cargado con una gran mochila: “no sabéis lo que tenéis aquí”. Y seguramente tuviera razón. Tal vez, es hora de hacer gala de ese carácter hospitalario que siempre ha distinguido a los habitantes del Noroeste murciano. Desde el grupo de voluntarios hemos intentado poner nuestro pequeño grano de arena, atendiendo a los peregrinos de la mejor manera que sabemos y compartiendo con ellos la devoción por la Stma. Cruz. Esa fue nuestra aspiración, y espero, que ese sea nuestro humilde legado.