Francisco Fernández García

(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

El delito de solicitación (también conocido con los términos latinos “solicitatio ad turpia”), presente aún en el derecho canónico, consiste en la proposición o realización de actos sexuales por el sacerdote durante la administración del sacramento de la confesión. Estos escándalos fueron muy perseguidos por la Iglesia a partir del Concilio de Trento, ya que se consideraba que comprendía tres pecados: “el primero, contra la castidad; el segundo, contra el voto de ella; y el tercero, contra la reverencia devida al Sacramento, por la injuria que le haze”, condenándose no solo los actos en sí, sino también la incitación a los mismos ya fuera verbal o gestual, conociéndose a los denunciados como “solicitantes en confesión” o simplemente “solicitantes”.

La confesión, Francisco de Goya

La confesión, Francisco de Goya

Para que el proceso fuera efectivo debía quedar probado que el delito se había cometido durante el sacramento de la confesión. De aquí que a mediados del siglo XVI apareciesen los confesionarios para dificultar el contacto físico entre el sacerdote y la confesante ya que hasta entonces se realizaba en cualquier lugar reservado y discreto, favoreciéndose de este modo la intimidad entre ambos. A partir de 1559 su investigación y persecución pasó a ser función del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, gracias a lo cual conocemos algunos casos de este tipo relacionados con Caravaca extraídos de la documentación conservada en la Sección de Inquisición del Archivo Histórico Nacional.

El primero de ellos se refiere al carmelita descalzo fray José de la Concepción, encausado por el tribunal de Murcia acusado de solicitante. Los hechos declarados por Mariana López, vecina de Caravaca de 39 años de edad, tuvieron lugar en 1703, aunque no se denunciaron hasta 1716 en que “con las misiones se le advirtieron dela obligaçion de delatar al reo”. Fray José de la Concepción, natural de Murcia, fue elegido prior del convento de Nª. Sª. del Carmen de Caravaca en mayo de 1716, renunciando al cargo al año siguiente, creo que por su incurrimiento en este delito, habiendo sido con anterioridad secretario del Provincial de esta orden fray Juan de Jesús María.

Según se contiene en su confesión, el inculpado le mando recado a su casa a la referida Mariana con dos vecinas para que fuese al convento y se convirtiera en su “hija de confesión”, a lo que accedió; sin embargo ya en su primera visita el fraile interrumpió el sacramento para hacerle proposiciones deshonestas diciéndole “muchas cosas probocatibas”. Al publicarse los correspondientes registros en Madrid, Toledo y Cuenca, llegó la noticia a otro religioso, el padre Cristóbal Cabello, quien informó al Tribunal que conocía el caso de una religiosa del Convento de San Antonio, que había sido “solicitada y provocada ad turpia por tres vezes”, por el acusado cuando este tenía acceso a la clausura como confesor de sus ocupantes, actuando no solo de palabra sino “que en dichas ocaçiones la toco torpemente; y que lo mismo suçedio en otra ocaçion con otro compañero del reo llamado frai Mathias”. Para comprobar su veracidad, se interrogó a la religiosa, quien corroboró la información, añadiendo que “en dichas tres ocasiones tubo el reo, i el otro religioso, acto con la testigo, sin penetraçion”. También dijo ser conocedora de otro caso, también protagonizado por una religiosa Isabel Burruezo, con la que el acusado se permitió “algunas llanezas” cuando acudió a su convento a consolarla de su enfermedad. Evaluados los testimonios, el carmelita fue enviado “a prisión en cárceles secretas” hasta la conclusión del proceso.

En sus declaraciones posteriores, ya ingresado en prisión, el religioso continuó insistiendo en su inocencia pidiendo explicaciones por su encarcelamiento, pero posteriormente “aviendo recorrido su memoria” comenzó a reconocer algunos de sus abusos, aunque intentando siempre evitar que se considerasen como delitos de solicitación. Entre ellos figuraban los “tocamientos torpes con una criada seglar, que estaba vestida con el Abito que usaban y que no sabia como se llamaba ni a quien serbia, pero que no fue simulando la confesión, ni intra, ni ante, ni post” que admitió haber realizado en dos o tres oportunidades y los cometidos contra Juana de Yllescas, con la que “en dos o mas ocasiones, estando ablando con ella solo en una capilla de la Yglesia de su Combento, avia tenido algunos tocamientos obscenos”, pero ninguno durante, antes ni después de confesarla. Sin embargo, esto último fue rebatido por la interfecta, que declaró “que en cinco, o seis ocasiones, estando arrodillada a sus pies para confesarse, o poco después dela Confesion, o dentro de ella que no hazia memoria, la solicito a cosas torpes, i desonestas”, por lo que el Tribunal mantuvo su estancia en la prisión.

El segundo corresponde a también a un religioso, franciscano en esta ocasión, fray Pedro Rodríguez, natural de Moratalla y residente en Caravaca durante su proceso. A diferencia de otros casos, este no se inició por denuncia alguna sino por su propia confesión realizada de manera voluntaria el 13 de febrero de 1737 en la que dio cuenta al Comisario de Murcia de diversos episodios sucedidos en diferentes lugares.

En primer lugar declaró sendos encuentros con dos hermanas que tuvieron lugar en Villanueva de los Infantes doce años antes cuando era conventual. Según su relato, una de ellas, llamada Josefa Escalera se ofreció a tener relaciones con él a cambio de tres pesos diciéndole que los necesitaba para sacar a su marido de la cárcel de la villa de Solana, donde estaba preso por deudas, y justificándose en que no quería arriesgarse a buscarlos de otra forma “por no exponerse a que con esta ocasión la solicitasen y violentasen a torpezas, añadiendo que mas bien las cometeria con alguna persona eclesiástica o con el Reo por que asi quedaría oculto el delito”. Visto lo cual, fray Pedro prometió conseguirle dicha cantidad y llevarsela por la tarde a su casa, donde obtendría la recompensa prometida. Preguntada la afectada, reconoció parte de la historia negando “que esto fuese en el confesionario ni que pasasen las palabras de solizitacion que se refieren”, aunque su testimonio no fue creído por el comisario.

El caso de su hermana, Vicenta Escalera, es bien distinto aunque parte también, según el testimonio del clérigo, de la actitud provocativa de las mujeres y sus ofrecimientos: “llegando la dicha Vizenta a confesarse y reparándola el Reo que llevaba los pechos bastantemente descubiertos diziendola que por que no se los cubria Y diciendo ella que los llevaba en aquella forma para que el reo se los viese”. No contenta con esto “la referida se desabrocho inmediatamente todos sus pechos y metiendo el Reo sus dedos por la rejilla se los toco por dos bezes diciéndola palabras amatorias”. La experiencia debió de causarle honda impresión, ya que en ocasiones posteriores le recordó a la joven el “gozo y gusto que había tenido en tocarla sus pechos, añadiendo que seria mucho maior si lograra el tener acto carnal con ella”. Interrogada al respecto, la susodicha lo negó todo aunque al igual que el de su hermana, su testimonio no fue creído por el Tribunal debido a la mistad y buena relación que ambas tenían con los religiosos franciscanos.

Igualmente declaró que durante su estancia como conventual en el Hospicio de Fuente Alamo cometió delito de solicitación con María Espejo, María García, Bernarda de N. y Ana García mientras las confesaba. Sin embargo, estos puntos no pudieron ser verificados, ya que solo se presentaron dos de las afectadas, una que reconoció que “habiendo pasado el Reo a su casa cierto dia la solicito a torpezas” mientras que la otra se negó a contestar. También en Fuente Alamo tuvo lugar otra de sus fechorías, esta vez cometida con una mujer casada de 37 años, cuyo relato pormenoriza la curiosa forma en que se efectuó la proposición: “confesando a Juana Liarte de estado casada preguntándola si había pagado el debito a su marido y respondiéndole que que si aunque de mala gana que si en algo había tenido deleite había sido por tener presente a el Reo. La respondio este que se halegraba de oírla y que se holgaria mas de tener la ocasión de gozarla, lo que sucedió en 3 distintas ocasiones”. Tampoco esta quiso corroborar la historia, negándose a contestar las preguntas.

De igual forma durante su estancia en Riopar, unos quince años antes, “solizito ad turpia” a Catalina Romero, casada de 26 años de edad, que reconoció la historia no queriendo añadir nada a lo testificado por el clérigo.

Los últimos desmanes confesados por el fraile moratallero se produjeron en su villa natal durante el año 1736. Se trata de dos delitos de solicitación, uno cometido con Juana de Soto, soltera de 25 años, que en su declaración negó los hechos, admitiendo solamente “que en una ocasión estando en su casa el Reo tubo la llaneza de tocarla los pechos” y el otro con María de Robles, casada de 29 años, cuya exposición evidencia los disimulos, engaños y apariencias inherentes a este tipo de relaciones: “habiéndose ido la referida en una ocasión a confesar con el reo a la Yglesia de su Combento de dicha villa, después de haberla absuelto y estando aun de rodillas pidiéndole celos sobre si estimaba y quería mas a una cuñada suia le respondio el reo que se dejase de aquello que ya sabia lo que la quería y estimaba a ella y lo que había entre los dos y que el mostrarle mas cariño a la cuñada era artifizio para ocultar mas bien y conseguir con sigilo la continuación de las torpezas que había entre los dos”.

Finalmente tenemos el caso del presbítero caravaqueño Fernando de Cuenca, investigado en 1772 que, aunque no se trata propiamente de un caso de “solicitante” sino de “flagelante”, guarda bastante relación con la materia que hoy nos ocupa. Su proceso comenzó el 23 de enero de 1772 cuando María Valero, de estado casada y 35 años de edad, denunció al que había sido su “padre espiritual” durante más de dos años, de que el 23 de mayo del año anterior le ordenó que se practicase “una disciplina por un alma en pecado mortal” durante la cual el presbítero “la mando se quitasse las enaguas”. Finalizada la penitencia y estando aún “desnuda de medio cuerpo avajo, la mando se echasse sobre sus muslos, lo que hizo asi, y estando como lleva dicho, la anduvo pasando su mano por las asentaderas, teniendo los tocamientos que quiso”.

A esta acusación se añadió el testimonio de Josefa Beltrán, soltera, de 45 años de edad y tejedora de lienzos de profesión, que declaró que en septiembre de 1771, que el acusado le ordenó que se practicase una disciplina, tras la cual le examinó detalladamente las cicatrices y heridas. Durante la exploración le indicó “que quería decirla un evangelio, y entrando la mano por la barriga al estomago, teniéndola allí el tiempo que le parecio, después la retiró, diciendo que ia lo avia dicho”. De igual forma se presentaron otros testimonios, tanto favorables como desfavorables, figurando entre los primeros el del propio comisario de la investigación, que manifestó tenerlo en “buena opinión, pues lo veian mui asistente al confesionario, y acude algunas noches a las hermitas dela villa” y entre los segundos, los que consideraban estos actos una “practica abusiva, peligrosa, sospechosa de molinismo, y al reo de dogmatizante”, por lo que se ordenó su ingreso en “cárceles secretas” hasta que se dictase la sentencia definitiva, votando el tribunal el 23 de octubre su suspensión.