PASCUAL GARCÍA 

Muchas veces entiende uno las cosas de golpe, antes con el corazón que con la cabeza, porque las siente de pronto y sabe lo que son aunque no sepa siempre explicarlas convenientemente. Los escritores tenemos la ardua tarea de intentar explicarlo todo, aunque solo sea el espíritu o la inspiración con los que accedimos a ese entendimiento. Es como un cometido divino, que nos encargaron en algún momento y que debemos llevar a cabo casi todos los días. Entender y explicar no son operaciones sencillas, sobre todo, si no queremos quedarnos en el borde de las cosas. La literatura sirve justo para eso.

El último fin de semana que fui a Moratalla experimenté casi por vez primera compasión por mis vecinos que, aunque lo parezca, nada tiene que ver con la lástima porque mientras esta última se limita al lamento inane por el mal de los que nos rodean, la primera pretende compartir el sentimiento del otro, su pasión o su padecimiento, un acto solidario con el compatriota o con el amigo. Te acompaño en tu sentimiento, decimos al dar la mano a un deudo en un velatorio. Lástima es una palabra fea que implica cierto desdén y una dosis importante de engreimiento.

Yo cruzaba las calles, subía los callejones, saludaba a los míos y no podía creer que anduvieran embozados y remisos con la docilidad con que nos obliga el miedo a bajar la cerviz y a obedecer las normas.  Los moratalleros, me decía, no son de esa raza que se rinde a la primera, antes al contrario, es un pueblo que ha luchado siempre y que no conoce la resignación ni al abatimiento. Son, somos, por historia y por naturaleza, indómitos y bravíos, y, sobre todo, no conocemos el miedo, hemos recorrido centenares de kilómetros, hemos cruzado fronteras y hemos llevado a cabo trabajos y aventuras de toda laya para sobrevivir en cualquier parte y para volver a nuestra tierra. No somos fáciles, pero la nobleza, la honradez y la generosidad han anidado siempre en nuestros corazones.

Esta es la razón de que mi ánimo se apesadumbrara de súbito ante la contemplación de los míos en el estricto ejercicio de acatar las últimas directrices de la pandemia, aunque el resto del mundo también estuviera en ello. No bastaba con no haber podido salir a la calle en Semana Santa a tocar el tambor, aunque lo hubiesen hecho desde sus balcones y terrazas; no bastaba con no haber podido correr las vacas por las calles del pueblo a mediados de julio igual que cada año, con no haber podido disfrutar de las aguas bautismales del Semogil, además de todo eso, los obligaban, nos obligaban a todos, a ir embozados como vulgares delincuentes, a guardar las distancias, y esto no lo hacía un gobierno dictatorial, un ejército invasor  o un dios cruel y vengativo, sino un microscópico bichito de un poder devastador, que no solo puede matarnos, porque ha matado a muchos millares de hombres y mujeres desde la primavera, sino que además, acabará con nuestro orden político y económico como si de una maldición se tratara.

Ese sentimiento nuevo para mí, en realidad me acercaba más a los míos, me obligaba a solidarizarme más con ellos y me devolvía a mi origen de siempre, a la Calle Castellar y al barrio del Castillo, con los de siempre, mientras todos padecíamos las últimas embestidas de una campaña atroz, protegidos del mal con las escasas armas de defensa que nos habían proporcionado, en  tanto aguardábamos esperanzados la vacuna salvadora, que, por supuesto, yo sí me pondré en el momento en que la comunidad científica dé su visto bueno, como nos hemos puesto y les hemos puesto a los nuestros todas las vacunas preceptivas.

Y, mientras llega el día de la liberación, no me queda más que darles a todos  mucho ánimo, enviarles un abrazo general y desearles toda la suerte del mundo.