Antonio F. Jiménez

La primera vez que vi a Pepe Ortega puede que fuese hace más de veinte años, una mañana de primavera. El siglo veintiuno llamaba a la puerta y Pepe nos enseñaba cómo plantar un árbol. El colegio nos llevó al paraje de La Rafa, en Bullas, y allí nos esperaba él, de pie, apoyado en su azadón.

Además de psicopedagogo, Pepe era ya concejal en la oposición y salía por la tele local en los plenos municipales, con su bigote y su perilla, con su porte serio y calmado, y esa hechura más bien recia de hombre de montaña.

Estos días, al conocer la tajante noticia de la muerte de Pepe Ortega, mis pensamientos han viajado hacia nuestro último encuentro. Fue en marzo, en Cehegín, una semana antes del confinamiento. Me invitó a participar para hablar de mi libro sobre Inazares, junto a los Animeros de San Blas de Bullas, en un entrañable acto cultural organizado por el colectivo Versos y Alquimia, del que Pepe era cofundador.

Aquella noche de finales de invierno, Pepe gastaba boina calada y había perdido mucho peso, pero no las ganas de maridar en una conversación serena dos de sus grandes pasiones: la literatura y su pueblo. Me contó con ojos encendidos la vez que se estaba leyendo un libro de Michael Houellebecq, La posibilidad de una isla, y se encontró de pronto con que se mencionaba el vino de nuestra tierra, el Tesoro de Bullas.

Era un hombre de raíces que hallaba en las palabras, en la música, en la libertad de expresión, la mejor forma de canalizar la búsqueda del bien, la verdad y la belleza. Así lo denotan sus escritos, poesías, obras de teatro. La pieza dramática El carnero estaba cerca de esas tragedias griegas que dan voz a temas universales, como la soledad de los mayores, el abandono de los pueblos, la deshumanización de la sociedad. También escribía artículos de opinión en El Noroeste.

A veces me encontraba con la firma de mi paisano Pepe Ortega cerca de la mía en este periódico, cuando yo me estrenaba con nóveles columnas. Una tarde de octubre, en la terraza del River, cuando él ya había sido teniente de alcalde de Bullas, se me acercó y me dijo: «Hombre, pero si tú y yo somos vecinos de página». Fue la primera vez que hablamos.

Y ya siempre que nos encontrábamos gustaba de charlar sin prisas de todo aquello que le apasionaba, de cultura, de la vida, de lo que estaba escribiendo. Ahora duele pensar que aquella agradable velada de marzo era la última vez. Cuando saboreaba lentamente su ensalada en La Bodeguica y me hablaba de Camus y de la dichosa peste.

Hace tan solo unas semanas me comentaba un texto que yo había publicado sobre el incendio de La Silla. Me decía Pepe que el monte, a pesar de haberse quemado, estaba vivo, no había muerto para siempre. Me agradó aquel optimismo. Aunque ahora sea difícil arrancar un consuelo en la desdicha.

De aquella vez en La Rafa, cuando Pepe tenía veintitantos años y yo apenas diez, no olvido la expresión de su rostro. Con qué sonrisa de orgullo paterno nos miraba al ver cómo germinaba en nosotros, los niños, el asombro ante la sencillez de la naturaleza. Ahora, esa misma sonrisa, pero aún más enternecida, quedará para siempre como legado en las fotos que a veces subía a las redes sociales con su hija y con su hijo. Juntos en el nacimiento de un río. Juntos en la cima de un monte. Juntos al aire libre. Y ya siempre que las vean sabrán cuánto los quiso su padre y dónde acudir cuando quieran estar a solas con él.