LAURA CABALLERO ESCÁMEZ/PSICÓLOGA

No solo estás acostumbrado a ponerte la mascarilla al salir de casa y a que haya gel hidroalcohólico en cada esquina, es que ya te resulta hasta raro ver fotografías de antes de la pandemia y ver a la gente sin mascarilla o demasiado cerca.  De forma automática guardas la distancia de seguridad en una cola y preguntas si puedes pasar en una tienda pequeña.

Nuestros hábitos de consumo también han cambiado, gastamos un 40 % menos en ropa, vamos menos a los restaurantes y pedimos más comida a domicilio o para llevar. La formación a distancia, algo que antes era una opción, ahora es prácticamente la manera de poder reciclarnos. El teletrabajo también ha venido para quedarse en los sectores en los que puede implantarse. La distancia social es algo permanente en zonas de trabajo y los aforos reducidos son la nueva forma de ocio. Vamos mucho menos al cine y al teatro, aunque las plataformas de televisión en streaming han multiplicado su número de usuarios. Utilizamos mucho menos el dinero físico y las compras por internet y con tarjeta están más presentes en nuestra vida.

Nuestras relaciones sociales también han cambiado. Las restricciones, nuestras rutinas y el miedo al contagio han hecho del “grupo burbuja” una constante en nuestras escasas relaciones sociales. Estamos mucho más “en nosotros mismos”. Quizá nos hemos metido más en nuestro mundo para adaptarnos y sobrevivir a esta situación tan cambiante a lo largo de los meses.

La pandemia también está teniendo notables efectos psicológicos sobre la población. La incertidumbre, la confusión, los cambios, la falta de ocio…todo esto contribuye a elevar nuestro estrés. Por supuesto hay sectores vulnerables que lo están sufriendo más. Personas con escasos recursos económicos, quiénes han perdido su trabajo a causa de la pandemia, personas con dificultades en su autonomía personal o quienes tenían trastornos psicológicos previamente. Aquí debemos también mencionar al sector sanitario que atiende en primera línea y que también está notando problemas de ansiedad, insomnio y cambios en el estado de ánimo de una forma generalizada.

Ya dedicamos un artículo a hablar uno de los problemas más recurrentes últimamente en las consultas de psicología: la hipocondría. La conciencia sobre la vulnerabilidad de la salud, la exposición al virus, la posibilidad de contagiar a familiares vulnerables, etc. ha hecho que aumenten las preocupaciones sobre nuestra propia salud. También tras el “desconfinamiento” del año pasado, empezaron a aparecer mayor número de problemas fóbicos: fobia social, agorafobia…

Las estadísticas también nos hablan de un aumento muy significativo de problemas de ansiedad. Uno de los estudios que analiza el impacto psicosocial de la covid-19 en la población española, realizado por el Institut Universitari d’Investigació en Atenció Primària (IDIAP) Jordi Gol, refleja que el 31,2% de las mujeres y el 17,7% de los hombres reportaron tener ansiedad. En el caso de la depresión, la proporción fue del 28,5% en mujeres y el 16,7% en hombres. (La Vanguardia).

Sea como sea, la pandemia está cambiando nuestras vidas. Muchos de esos cambios habrán venido para quedarse, es posible que otros queden en el olvido cuando esto sea el recuerdo de una época que nos marcó. Cuando la situación nos sobrepase, lo recomendable es contar con nuestros seres queridos y por supuesto, buscar ayuda si dichos problemas persisten.