Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

De entrantes y a modo de aperitivos llegan a la mesa los primeros fritos y refritos: calamares, a la romana o la plancha, pulpo, verduras, oreja de cerdo y otras lindezas de este jaez, algún plato de jamón y queso, caballitos, croquetas y demás, sin olvidarnos de las sempiternas almendras fritas, olivas de bote y patatitas, regado todo ello con la cerveza más fría posible, que muy pocas veces es posible, aunque sea verano y arda todo a nuestro alrededor.

De primero gazpacho o salmorejo de tetrabrik, una ensalada al centro con tomate, pepino, cebolla, encurtidos varios y pimiento verde. Pedimos el vino y nos traen un crianza de hace cinco años, supongo que en la creencia de que los años en botella, vapuleado y maltratado, pudieran haberle procurado algún bien, suelen traerlo destapado   para más inri, desconozco con qué propósito. Lo probamos y parece estar al gusto de todos, lo pruebo yo y noto que pica, que está pasado, como no podía ser menos si tenemos en cuenta la añada y el trato   nada exquisito que le suponemos al vino. Me quejo y mis compañeros de mesa me miran extrañados de que ellos no hubiesen notado nada, pero yo les digo que no importa, que yo seguiré bebiendo agua, que al menos está fresquita y me doy cuenta de que ya nadie se sirve vino y de que todos tornan al líquido elemento con sospechosa naturalidad. A pesar de todo esto, y un poco a regañadientes nos traen otra botella de un vino más joven que yo solicito.

Las costillas de cordero poseen unas dimensiones considerables, tanto que no parecen ni de cordero, con el hueso basto y la carne dura, con la grasa bien visible y saben fuerte, no sé si porque están muy hechas o porque el cordero ya era bastante mayor, casi mayor de edad. Todo va acompañado de abundantes patatas fritas, bien empapadas de aceite y alguna insignificante muestra de verdura.

De postre nos ofrecen tarta del abuelo o de la abuela, que están muy de moda, arroz con leche o pan de Calatrava pero cuando lo probamos no tenemos la impresión de que esté hecho recientemente ni de que sea muy casero a pesar del reclamo artesanal del jefe de cocina. A estas alturas de la comida estamos resignados y en manos del cocinero y de sus secuaces, los camareros, y nos comeríamos cualquier cosa que nos trajeran, aunque nuestros estómagos comienzan a protestar en firme por el esfuerzo de una digestión excepcional en el contexto de un terrible día de agosto a más de treinta grados a la sombra.

                  Pedimos el café con sus muchas variedades, con leche, cortado, manchado, descafeinado o entero y encendemos los primeros cigarrillos. A esa altura de la comida ya deberíamos haber notado el efecto que nos había producido, como indicaba un conocido chef de Murcia: la buena comida es aquella que terminamos del todo el último plato y que nos sienta bien, sin que notemos los efectos de una irritación estomacal durante toda la tarde. Uno debería disfrutar de una estupenda digestión y del recuerdo de cada uno de los manjares que disfrutamos, como disfrutamos de las imágenes de una película o de las notas y las palabras de una canción que nos ha gustado mucho.

Pero aquella tarde mi único deseo era conseguir aplacar los ardores gástricos y deshacerme de la pesadez que debería soportar hasta el día siguiente.

Ni siquiera pensaba en el disgusto del dinero que me había gastado en el banquete y que, por supuesto, no lo merecía. Como tantas otras veces me prometí a mí mismo no volver a merenderos de aquel jaez por mucho encanto rural que pretendieran.

La excelencia gastronómica, como cualquier otra, hay que ganársela y merecerla, porque el turismo, el exclusivo vive de experiencias únicas a un precio ajustado a la calidad y al servicio que ofrece.

A veces olvidamos que los viajeros, los turistas no son más tontos que nosotros y no salen de sus casas para comer y beber peor.