Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Hoy nos hace falta a un dietista, a un endocrino y a un microbiólogo, al menos, para comprar comida en un supermercado, cocinarla como es debido y comérnosla en condiciones. Ya no es suficiente, como lo fue en unos años no tan lejanos, con saciar nuestro apetito y, si nos era posible, hacerlo con gusto y disfrutar con ello. No cabe duda de que la necesidad es anterior al placer.

Ahora todo es más complicado. La obsesión, en ocasiones casi enfermiza, por la vida sana viene sitiándonos desde hace unos años como una epidemia de la modernidad, de un mundo donde a unos pocos les sobra casi de todo, mientras a una mayoría  les ha tocado buena parte de las calamidades y de las siete plagas de Egipto.

Como contrapartida, en el lado de los ricos abundan los gordos, o mejor, los obesos, los hipertensos, los diabéticos, los que sobrepasan con amplitud los límites permitidos de colesterol, triglicéridos y ácido úrico, mientras aquellos se mueren de pura inanición. La paradoja está servida y suelen presentárnosla a la hora de las comidas y de las cenas en todas las noticias de la tele.

Morir de hambre no sólo es dramático sino que es injusto, pero palmarla por exceso resulta, cuanto menos y además, ridículo. Acaso por este motivo, nos vamos poniendo al día acerca de un intrincado conjunto de saberes sobre la salubridad de cada alimento. Descubrimos que buena parte de los productos contienen grasas saturadas trans,  verdadero veneno para nuestras arterias, o ha sido modificada genéticamente con lo que, a buen seguro, provocará alteraciones en nuestro sistema inmunitario. No debemos olvidar bajo ningún concepto, por tanto, mirar de forma minuciosa todas las etiquetas y abstenernos de todo aquello que contenga fosfatos, porque son cancerígenos, así como un buen número de eesque esconden conservantes y colorantes artificiales, prohibidos en otros países.

Los aceites, en general,  no son mejores porque indiquen un origen vegetal, pues muchas veces proceden como supondríamos, no de oliva o de girasol o de otras semillas, sino de palma o de coco, que tampoco son malos, si no fuera porque a menudo están hidrogenados, sobre todo en la bollería industrial, precisamente aquella que más consumen los niños.

Tampoco la sal y el azúcar resultan recomendables en determinadas cantidades; la primera, porque afecta a la presión sanguínea, el segundo, porque su blancura no es natural, sino que procede de los productos químicos al que es sometido, y en cuanto a la sacarina, sabemos que está prohibida en algunos países, porque es nociva y el cuerpo no logra eliminarla nunca. Sólo el azúcar morena tiene algunas garantías siempre que no abusemos, como, por otro lado, debe ser la norma en la alimentación en general.

No necesitamos añadir que todo lo anterior afecta en mayor medida al colesterol, al aparato cardiovascular y a la posibilidad de sufrir algún tipo de cáncer y, sobre todo, a nuestra calidad de vida cotidiana, a nuestra imagen exterior e interior y a nuestras relaciones con los demás.

La verdad es que he invertido muchos años en adquirir tantos conocimientos acerca de lo que he de comprar para comer, aunque todo el mérito, debo confesarlo, es de mi esposa, como suele ocurrir en estos casos, porque son ellas las que se ocupan y se preocupan de ir al supermercado, cocinar y cuidar de la salud de los hijos y del resto de la familia.

Por desgracia, ha pasado el tiempo en que además de los guisos y los potajes tradicionales, de aquellos suculentos cocidos y aletrías, de los arroces con pollo o con verduras y guíscanos, como primer plato, acto seguido, mi madre sacaba la fuente con toda una variedad de embutidos del Campo de San Juan. Olorosos a la mejor carne de cerdo, curados en los más puros aires de la sierra, con sabor al secreto de las especias, que sólo la cocinera conocía, porque no eran igual en todas partes, pues dependía del lugar de donde procedieran, y mi madre era fiel a determinadas carnicerías por razones obvias.

Entonces se gozaba en la mesa y nadie echaba cuentas a las zarandajas de la salud. La gente debía morir harta mejor que falta, porque ya se había pasado mucha hambre y había muerto mucha gente y los regímenes para adelgazar no se habían inventado todavía.

Hace más de quince años que no fumo ni bebo café de bar ni tomo bebidas alcohólicas de alta graduación, salvo una copa de vino en las comidas y, de forma esporádica, alguna copa de cava, ni como embutidos o dulces, que, por otro lado, no fueron nunca de mi predilección, salvo el mazapán de Moratalla, y evito las grasas, las hamburguesas y las pizzas, que nunca me gustaron, y, con mi dosis pertinente de sexo doméstico, que no sólo es bueno, sino absolutamente recomendable, mis paseos diarios que me ayudan a reflexionar y a poner en orden mis ideas, mis lecturas y mi trabajo tranquilo y sin esfuerzos, empiezo a creer,  estoy casi convencido de que no me moriré nunca. No vale reírse. Me apuesto lo que quieran.