Pascual García

No teníamos parques en aquel tiempo, aunque, bien mirado, Moratalla era, en buena medida, un extenso y bellísimo parque natural. Ni jardines, salvo el de La Glorieta, que usábamos para pasear en verano y escuchar la música y degustar los helados de la temporada sentados en los bancos de piedra.

Ni siquiera en el patio de la escuela había nada con lo que poder divertirse o disfrutar durante la media hora de recreo de la mañana. Jugábamos entre nosotros, a veces con una pelota que alguien se había traído de su casa o improvisando sobre la marcha en el caudal denso de una imaginación nacida de la pobreza.

Los primeros columpios los descubrí en el Colegio de las Monjas, contiguo al Grupo Escolar Germán Teruel y al que solíamos entrar a menudo, instigados en parte por las muchachas que nos miraban desde el otro lado de la verja, como nosotros las mirábamos a ellas, con un gesto de envidia, deseo y admiración a un tiempo. Éramos dos mundos distantes, diferentes, separados y, por lo tanto, estábamos llamados a encontrarnos de una forma  inevitable. De modo que franqueábamos la verja, sobre todo los fines de semana, y descubríamos un espacio silencioso, impregnado de un aire de beatitud y feminidad que nuestras aulas casi habían perdido por ese carácter mixto de las escuelas públicas, tan necesario por otro lado. Aquello era otra cosa, un espacio de niñas solas, un templo de mujeres y de chicas, que nos gustaba invadir de vez en cuando, como si la prohibición y la novedad revistieran al sitio de un carácter casi mágico y lo convirtieran en una especie de santuario de nuestras primeras desazones sexuales.

Y, en efecto, en la parte trasera vi, por primera vez en mi vida, un verdadero parque  con toboganes, columpios, balancines, caballitos, laberintos y complicadas estructuras metálicas. Tal vez mi memoria, exacerbada sin duda, exagera la imagen del recuerdo como suele suceder en estos casos, pero la verdad es que tuve que venir a Murcia para hallar de nuevo un lugar en la ciudad con tantos aparatos y tan diferentes de esparcimiento y de agradable meneo.

En la huerta, en ocasiones, si tu padre o tu abuelo estaba de buenas, te construía un mejiorpara mejerse, que ya lo dice la palabra, debajo de un olivo o de un almendro con dos sogas fuertemente trenzadas y unidas a una rama alta y un asiento hecho de cualquier materia dura. Tampoco es que en la huerta hubiera demasiado tiempo para estos esparcimientos inútiles y tu padre no solía estar de humor para juegos sin fuste ni provecho.

El patio del Colegio de las Monjas fue durante algunos años de nuestra pubertad un territorio privado de encuentro, donde conocimos a otras niñas y jugamos al baloncesto, por ejemplo, con canastas de verdad, que en nuestra escuela no había, como no había tantas cosas materiales, salvo unos excelentes maestros, de los que tanto he presumido después. Nosotros le dábamos al fútbol como única pasión deportiva hasta el año en que dispusieron canchas de voleibol y balonmano y tuvimos balones de reglamentoy el patio del Grupo Escolar Germán Teruel se modernizó definitivamente.

Aun así, algunos sábados y domingos íbamos a Las Monjas y lanzábamos unas canastas, que no solían entrar muy a menudo, o nos columpiábamos a placer, mientras departíamos en la serenidad de la tarde de fiesta, ajenos al interior del Convento, donde las hermanas andarían en sus cosas, afanadas en esas secretas labores de quienes consagran sus días a Dios.

No recuerdo que nos expulsaran nunca ni que nos amonestaran por nuestro comportamiento, a veces discutible y temerario. Alguna tarde veíamos a las niñas vestidas con su uniforme azul marino y se nos aceleraba el pulso, porque nos parecían diferentes, con una extraña mezcla de pureza y de atrevimiento, de pudor y de insolencia contenida.

Solían reírse en grupo, nos miraban con esa altanería femenina que tanto hemos temido los adolescentes y se marchaban sin decir palabra.

Nos dejaban sentados en los columpios, con cara de bobos y en territorio ajeno, como ladronzuelos expuestos a que los descubrieran en cualquier instante. Era una aventura y contábamos los años justos para disfrutar del riesgo.

Volvimos cada sábado hasta que el final de la infancia nos expulsó de aquel lugar en el que ya no pintábamos nada. Se quedaron los columpios y el patio vacíos, aunque es posible que ahora los siga moviendo el viento, o que otros niños invadan aquel sitio que ya he guardado en mi memoria para siempre.