GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

No hay nada como una película romántica para la darle la vuelta a la historia, ya lo hemos visto con Sissi, que pasó de princesa anoréxica a Barbie princesita, la misma vuelta que le dio Minnelli en su película Gigial libro más critico de la escritora más libertina de principios de siglo XX: Colette.

Sidonie Gabrielle Collette, novelista francesa, nació en Yonne el 28 de enero de 1873. Su vida transcurrió placidamente en el campo hasta que sus padres se arruinaron y se encontró sin porvenir, esto es, sin dote para conseguir un buen marido. Pero la madre, con la llave en la mano de la caja de caudales de la hija, le arregla un matrimonio con un amigo de la familia, columnista famoso, 20 años mayor que escribía a través de las manos de otros, bajo el seudónimo de Willy. El matrimonio se instaló en un viejo piso de Paris, donde Colette pasaba muchas horas sola, mientras su nuevo esposo se dedicaba a “sus asuntos”. Para llenar tan largas ausencias, Colette recogió sus recuerdos más felices en una serie de libros, recuerdos que publicaría su esposo bajo su seudónimo y que lo harían famoso: Claudine en la escuela. A raíz del éxito, las puertas de los mejores locales parisinos se abrieron para la pareja, que no se saltaba ni una y donde Colette descubrió que no solo se vivía de día. Una noche de las que salieron, ya no volvió. Atrás dejo una vida de negra (nunca cobraría ni un duro por su exitosa saga Claudine), para ser el centro de toda la actividad de principios de siglo. Se adentró ella sola en caminos que le había enseñado Willy, que la obligaba a acostarse con sus amantes. Y durante un tiempo se volvió la lesbiana más lesbiana de su tiempo. Escribió durante esa época algunas de las novelas más criticas sobre el papel de las mujeres en los matrimonios de conveniencia, mientras se acostaba con todas esas mujeres casaderas: El retrato sentimental; La vagabunda y Gigi (que un alegato antimatrimonio escrito por una lesbiana casada tres veces venga a convertirse en un musical romántico tiene más misterio para mí, que la Partícula de Higgs y su utilidad).

Colette, tras años de excesos, en 1911 se casa con Henry de Jouvenel, político y periodista con el que tiene su única hija, Colette, con la que se llevó fatal toda la vida. Henry fue un hombre que le permitió desplegar su talento. Se divorciaron en 1923 cuando Colette, encargada de adentrar al hijo de su marido de 17 años en las artes de la escritura, debió de perderse entre algún párrafo y acabo escribiendo sobre el cuerpo desnudo del hijastro. Libre de nuevo y escritora famosa ya, harta de escribir, decide dedicar su tiempo libre a sus labores, que resulta que no son otra cosa que hacer perfumes. Así que nuestra Colette comenzó a fantasear junto a su tercer marido, Maurice Gaudeket, 16 años más joven que ella, con abrir una casa de belleza. Y eso fue lo que hizo, en 1932 inauguró una Casa de Belleza en París, pese a no tener ni idea de perfumes ni cremas salvo las conversaciones entre polvo y polvo con sus amigas. No sólo vendía perfumes, vendía cremas, instrucciones y consejos escritos de su puño y letra que ella no utilizaba. Le duró el salón lo que dura la belleza, un asalto, y volvió a lo imperecedero: la escritura.

Un 3 de agosto de 1954 dejaría esta vida en brazos del último y más joven de sus maridos. De entre todas las que tuvo, el final de esta sería, seguramente, el soñado por ella.