GLORIA LÓPEZ CORBALÁN
Clara, Claretta para los amigos, decidió interponerse entre la historia y su amado Duce cuando la noche del 28 de Abril de 1945 se levantan las metralletas contLa amante de Mussolini Clara Petaccira él. “Apartate”, le dice el Comandante Valerio, pero Claretta ya había decidido que no se apartaría. Ella caería primero, él, Benito Mussolini, después de un tiro en la nuca, pero juntos fueron arrastrados por las calles de Milán.
Claretta nació en Roma en 1912 en el seno de una acomodada familia, hija del que fuera médico personal del Papa Pío XI, y que pronto se rebeló un carácter fuerte y una belleza romana que no pasaba desapercibida. La niña siente desde pequeña una admiración por el Duce y empapela con su foto el dormitorio de adolescente rica. Es la misma que una tarde de 1924 reconoce el deportivo de su ídolo que adelanta el coche en el que iban ella y su madre y ordena al chofer que lo siga. Benito, notando la persecución, se detiene. Entusiasmado con la joven admiradora, despliega toda su simpatía. Él tiene entonces 39 años, está casado con Raquel Guidi y tiene 5 hijos. Aún pasarían algunos años y otras mujeres antes de que Clara se convierta en la amante del Duce.
Antes de alcanzar el poder, Mussolini se ha casado con Ida Dalser en 1914 y tiene un hijo con ella, Benito. Pero Raquel Guidi, la que quedaría como madre de Italia por esas cosas de la Historia, se ganó su puesto. Hace la vida imposible a la legítima y primera esposa, la acusa de demente, de loca y hasta de que el niño no es de Mussolini. Ida acaba internada en un manicomio y muere en una isla, de una supuesta hemorragia cerebral, en 1937. Benito, el hijo, es secuestrado por los fascistas, adoptado por un jefe policial, y acaba muriendo de desnutrición en un asilo en el año 1942. Ahora sí, Raquel se convierte en esposa y madre.  Pero no tardaría mucho en convertirse en la segunda y de una forma menos dolorosa de la que ella hizo pasar a Ida, aunque si más vergonzosa.
“Soy esclavo de tu carne” Cuenta Claretta en sus diarios que le decía el Duce, aquella tarde en la que se reunieron en el despacho del primer Ministro, de 49 años, y una jovencísima recién casada 33 años menor que él. Ya no se separarían, por mucho que Raquel lo intentase. La pasión había estallado entre ellos del mismo modo en que el mundo se derrumbaba fuera de su dormitorio. Cada día más fuerte, cada día más explosiva.
Clara abandonó a su recién estrenado marido y se fue a vivir a la finca del Dulce, desde donde escribió 1.810 páginas con todos los detalles de su relación. “Te deseo como un loco” es de lo más normalito que el dictador fascista dirigió a la querida más famosa de Italia. El periodista Mauro Suttoray los publicaría en «Mussolini secreto». Por ella sabemos que Mussolini era antisemita, que no soporta al rey Víctor Manuel III, que le fascinaba la Alemania nazi, que se jacta de que la princesa María José (la esposa del príncipe heredero) le tira los tejos y que considera a Franco “un idiota”.
Pero mientras preparaba junto a Hitler la mayor tragedia de la Historia de la humanidad, Mussolini se dedicaba a llamar a su amante hasta 12 veces al día. Clara era celosa, y con razón. El Duce era un latin lover que utilizaba su poder para conseguir sexo y el sexo para conseguir su imagen, en un país donde todo se le estaba permitido. Si bien es cierto que no fue la única, si fue la última. La que intentó huir con él a Suiza una noche de abril de 1945 cuando todo, menos su amor, se había acabado.
Es ella la que aparece colgada boca abajo en la plaza de Loreto de Milán junto a Benito Mussolini.