AÑOS FUGITIVOS

PASCUAL GARCÍA

No creo que haya una profesión con más interés y actualidad que este nuevo sacerdocio por donde vienen pasando, por donde venimos pasando desde hace unos años la mayor parte de nosotros. Los problemas de la escuela, nuestras relaciones con los padres, los conflictos sentimentales, las dificultades varias, el sexo, el amor, el dinero, la familia, la verdad y la mentira, el triunfo y el fracaso, las pasiones ocultas,  los fracasos inconfesables, los pecados vergonzantes, las viejas obsesiones, las decepciones actuales, las desilusiones de siempre, la amistad, la familia, la alegría y el descontento, lo pasado y lo presente, nuestras insatisfacciones externas y nuestras frustraciones internas, el cielo y el infierno, la extrema delgadez y la gordura más humillantes, los defectos corporales, las taras del alma, lo visible y lo invisible, todo lo que nos duele, nos acongoja, nos entristece, nos consterna y nos atribula, todo lo que no nos gusta de nosotros porque tampoco le gusta a nadie es posible ahora enmendarlo, curarlo, mejorarlo y aliviarlo, porque ha llegado a nuestras vidas el psicólogo, en realidad, hace muchos años que llegó y ahora ya no podríamos pasar   sin su ayuda y su consulta para cualquier cosa que pudiera hacernos falta, porque somos muy tímidos, porque nuestros hijos no aprueban en la escuela, porque nuestras últimas relaciones sentimentales han sido un puro desastre, porque no pasamos del metro sesenta o porque pasamos de los noventa kilos, porque nuestros padres no acertaron a crearnos con  una combinación genética óptima y llegamos al mundo con los ojos oscuros, con el pelo negro, con el sexo   corto, con los pechos y el culo caídos, con las manos sin gracia, porque nacimos con frenillo en la lengua, con las orejas generosas, con el alma perseguida por un cisma y nos fuimos apartando lentamente de los otros, nos hicimos un hueco en el habitáculo de .la soledad, nunca levantamos la voz, nunca impusimos nuestro criterio, nunca nos permitimos ser los protagonistas del cotarro ni abordar a la más guapa de la fiesta ni aspirar a la nota más alta, al trabajo mejor remunerado, a la casa  de ensueño, porque nunca creímos que pudiéramos merecer otra cosa que la modestia y un segundo plano, así que no le dimos un patadón a la pelota, no la llevamos durante unos cuantos metros, no driblamos a los contrarios, a los delanteros, a los medios y a los defensas y no chutamos desde el área grande y metimos un gol de antología.

Por todo esto, a la semana siguiente nos llevaron o fuimos al psicólogo que de una forma despaciosa y muy amable nos lo fue explicando todo, nos dijo que nuestro matrimonio había fracasado por falta de comunicación, que nuestras esperanzas profesionales y económicas terminaron siendo vanas por falta de confianza y de trabajo, que todavía no hemos ganado nuestro primer millón de euros porque seguimos atados a un complejo infantil que no resolveremos hasta que no matemos a nuestro padre (aunque ya le hemos dicho que somos huérfanos de padre y madre)  y que la culpa de todo no la teníamos nosotros sino una infancia descalabrada, solitaria, hostil, en la que no recibimos el cariño suficiente porque fuimos destetados demasiado pronto. No hemos parado de volver cada semana a nuestra sesión con el psicólogo; de hecho ya no sabríamos vivir sin él, llevamos su teléfono con nosotros y alguna vez lo llamamos para comentarle algún extremo de nuestros días. Nuestra vida ya le pertenece en parte, porque le hemos dado permiso para husmear en todos nuestros rincones y nos conoce mejor que nuestra madre. Una parte de nuestro presupuesto mensual la hemos reservado para estos menesteres, pero a cambio andamos muy tranquilos por la vida, porque sabemos que tenemos ayuda para cualquier eventualidad que se nos ofrezca, que tenemos muy a mano su palabra sabía, su palabra sagrada y que podemos preguntarle cualquier cosa.

Si nos paramos con detención a pensarlo resulta muy difícil vivir sin un psicólogo a mano, sin su asesoramiento personal, sin su auxilio profesional. De hecho, de ahora en adelante toda la familia pasará por su consulta, desde el hijo que va a entrar este año al instituto y habrá de enfrentarse a los malos tratos habituales de sus compañeros hasta mi esposa que sufrirá sin duda acoso en el trabajo debido a su condición sexual.

El psicólogo ya está aquí, entre nosotros y, por fortuna, para consolarnos de nuestros fantasmas más temibles y va a quedarse porque nos hace mucha falta y es nuestro último asidero, nuestra última esperanza.

Yo ya he pedido cita para mañana.