Francisco Fernández García/Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

El artículo de esta semana está dedicado a los Cines de Verano que han existido en nuestra ciudad; espacios que jugaron un papel importantísimo en la vida social, cultural y recreativa de varias generaciones de caravaqueños, entre los cuales me incluyo.

Una de las cosas que mas añoro cuando llegan los meses estivales son los cines al aire libre. Desde que tengo uso de razón, recuerdo ir con muchísima frecuencia al cine; los cines caravaqueños (el Gran Teatro Cinema, el Gran Vía y el Cinema Imperial) fueron para mi, en mi niñez, lugares casi mágicos, donde todo podía suceder, espacios abiertos a la aventura y al conocimiento, aunque lo que en ellos se mostraba no siempre tenía que ver con la realidad.

En este sentido, recuerdo la poderosa atracción que ejercieron sobre mi los diversos operarios que trabajaban en ellos, especialmente los proyeccionistas, aquellos “misteriosos” señores capaces de animar las enlatadas cintas de celuloide, trasformándolas gracias a los “prodigios de la ciencia” en atractivas historias que cobraban vida en las inmensas pantallas donde se proyectaban ¿Quién me iba a decir a mí, que con el tiempo yo sería uno de ellos, y que me encargaría de la programación de aquel “mítico local”, el Cinema Imperial, durante sus últimos años? La vida, a veces, depara sorpresas de este tipo…, pero este es el final (espero que provisional) de esta historia, por lo que será conveniente retroceder algunos años.

La primera noticia que conozco sobre la instalación de un cine al aire libre en Caravaca data del 20 de julio de 1935, fecha en que el ayuntamiento de nuestra ciudad concedió licencia a D. Emilio Andréu Martínez, propietario por aquel entonces del Bar León, para que instalase uno frente al referido bar en la Plaza de Galán y García Hernández (actual Plaza del Arco) durante los meses de verano. El lugar señalado para la colocación de la pantalla fue frente al bar, “entre la segunda y tercera columna del alumbrado público”, debiendo colocarse los veladores y sillas del bar “en la acera y en la confrontación del local que este ocupa, pudiendo extenderse por la parte de la derecha hasta la puerta de entrada”.

Las sesiones no podían “comenzar antes de las diez de la noche ni terminar después de la una de la madrugada”, figurando asimismo entre las condiciones exigidas la entrega por parte del propietario del 5% de la recaudación con destino a la Junta Local de Protección de menores, así como dejar un espacio libre para que el Ayuntamiento pudiese colocar una fila de sillas. Desconozco si esta actividad llegó finalmente a realizarse y su continuidad en años posteriores, aunque dudo mucho que la tuviera debido a los acontecimientos que tuvieron lugar durante el verano siguiente.

Habría que esperar al fin de la Guerra Civil para que hubiera una terraza estable dedicada a la exhibición de películas. Fue en el año 1941 cuando los hermanos Pedro Antonio y Rafael Orrico, empresarios por aquel entonces del Gran Teatro Cinema, decidieron abrir una en la Gran Vía, en un bancal hasta entonces sembrado de trigo, por lo que tuvieron que pedir un permiso especial para dejar de destinarlo a esta actividad, ya que en aquellos primeros años de la posguerra la producción de alimentos era el objetivo principal.

El nuevo cine recibió el nombre de Cinema Imperial y estaba situado junto al Gran Teatro Cinema, lo que les permitía a sus propietarios un rápido y fácil traslado de los proyectores así como la posibilidad de proyectar la película en este Cine en caso de lluvia o mal tiempo. Tenía una gran capacidad, ya que los extremos de la terraza estaban ocupados por una especie de tribunilla, que aumentaba el número de localidades, siendo estas algo mas baratas que las de terraza, y contaba asimismo con un esmerado servicio de bar, circunstancias todas que hicieron que tuviera un éxito enorme convirtiéndose a partir de entonces en el lugar de referencia de las noches estivales caravaqueñas.

Desconozco cual fue la primera película que se proyectó; en mi colección de programas publicitarios de Caravaca conservo varios de aperturas de temporada, aunque ninguno de ese año inicial. El más antiguo corresponde a 1946 en que se inauguró la temporada el 9 de junio con la película en technicolor de Arthur Lubin “El Fantasma de la Opera”. En 1947 la sesión inaugural fue con “Niebla en el pasado”, 1948 “Madame Curie”, 1950 “La Diosa de Danza” con Rita Hayworth, 1953 “Reto a la muerte”, 1954 “La Legión del desierto” con Alan Ladd, 1955 la magistral obra de Nicholas Ray “Johnny Guitar” y en 1956 “La Túnica Sagrada”, primera película en cinemascope, que tuvo un éxito extraordinario, proyectándose durante 4 días. Ese mismo verano se proyectaron también otras 10 películas en este formato: “Rio sin retorno”, “Desiree”, “Demetrius y los gladiadores”, “Lanza rota”, “El capitán King”, “Decisión a medianoche”, “Creemos en el amor”, “El jardín del diablo”, “Como casarse con un millonario” y “Sinuhe el egipcio”, que fue el mayor éxito de la temporada, superando las 10.00 pesetas de recaudación.

El Cinema Imperial estuvo funcionando ininterrumpidamente durante casi medio siglo, hasta que a principios de los años 80 (no recuerdo con exactitud si fue en 1982 o 1983) en que se produjo el cierre, víctima de la crisis que sufrió la exhibición cinematográfica en esas fechas, debido a la aparición de nuevas tecnologías para el disfrute doméstico. Tras permanecer algunos años cerrado, en 1988 el Ayuntamiento de nuestra ciudad decidió alquilarlo y ofrecer en él diversas actividades culturales, fundamentalmente cine, aunque también incluía representaciones teatrales y actuaciones musicales.

La inauguración de esta segunda etapa tuvo lugar el 9 de julio de ese año, proyectándose la película “El último emperador” de Bernardo Bertolucci. Recuerdo esa noche como una de las más estresantes (en este contexto) de mi vida, ya que habíamos decidido utilizar los proyectores existentes en ese cine, que habían sido fabricados a mediados de los años 60 y que, en lugar de lámparas, utilizaban carbones encendidos, formando un arco voltaico, que había que mantener alineados mientras se consumían para conseguir que no decayese la intensidad lumínica.

Aunque ya tenía experiencia en proyecciones públicas, ese sistema era para mi totalmente nuevo. Pepe, uno de los antiguos proyeccionistas me había explicado el mecanismo de funcionamiento y me había dado también algunas nociones básicas, pero esa primera noche estaba solo en la cabina. Comencé la proyección y al poco empezaron a surgir inconvenientes y problemas que solventé como mejor pude. Tres horas después, con los ojos enrojecidos, los dedos quemados, totalmente deshidratado y casi a punto de sucumbir a las altas temperaturas producidas por la combustión de los carbones y las reducidas dimensiones de la cabina, que tuve soportar ya que no me atreví a salir ni un solo momento, temiendo que cualquier incidente provocara la suspensión de la proyección, terminó la película y decidí no volver a proyectar nunca jamás.

Pero aquí apareció mi buen amigo Fernando García “el Nano”, otro antiguo proyeccionista, que tuvo la paciencia de instruirme y con el que compartí el trabajo de proyectar durante varios años. Además de la proyección me encargaba también de la contratación, programación, etc.

Estuvimos utilizando el Cinema Imperial durante 5 años, hasta el verano de 1993, que fue el último. La fecha señalada para el cierre definitivo fue el 10 de septiembre y, dado mi carácter nostálgico y mi gusto y afición por el cine clásico, decidí que la última película que se proyectara en ese, para mi, legendario local, fuese “Loquilandia”, la divertida y disparatada película que H.C. Potter rodara en 1941, año en que, como ya se ha dicho anteriormente, se inauguró por primera vez esta terraza.

El círculo se terminaba de cerrar y el Cinema Imperial se convirtió en historia cerrando definitivamente sus puertas.