JESÚS AMO PÉREZ

Cuando Edward Jenner observó en 1796 que las mujeres de Inglaterra que se encargaban de ordeñar vacas en sus humildes granjas no desarrollaban viruela, no era consciente de que su trabajo sería posiblemente el que más vidas salvaría a lo largo de la historia. Había nacido de entre sus manos, la vacuna.

Al mismo tiempo, cuando corríamos por los últimos días de Diciembre del año 2019, cuando todos vivíamos en un aparente estado de tranquilidad y cuando, de hecho, las corrientes de antivacunas incluso se permitían el lujo de sacar pecho y  con la autoridad de desacreditar esta magnífica herramienta, no porque no funcionara, sino porque funcionaba muy bien entre aquellos individuos que si cumplían generando una inmunidad de grupo, fue en esos días cuando la realidad de la naturaleza, esa que golpea al ser humano cuando mas desprevenido está, se impuso. Había aparecido en Wuhan el SARS-Cov2 un virus que avanzaba rápido.

De repente todo el mundo se enfrentaba a una pandemia de magnitud solo comparable a la gripe española (con origen en Kansas, EEUU) de 1918. Y entonces sí, todo el mundo quería una vacuna.

Sin embargo, y tal como recoge la OMS, este no es un proceso inmediato, y requiere mínimo de 6 meses durante los que se completan 9 etapas ( identificación de un virus nuevo, obtención de la cepa vacunal, verificación de la cepa vacunal, preparación de reactivos para someter a prueba la vacuna, optimización de condiciones de multiplicación del virus, fabricación de la vacuna a granel, control de calidad, envasado y liberación de la vacuna y estudios clínicos) antes de que la vacuna pueda salir a la luz y golpear de forma casi definitiva al virus.

Y, como reconocían recientemente los expertos en virología Isabel Sola, Luis Enjuanes y Sonia Zuñiga del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC)  y encargados de afrontar este reto en nuestro país y debido a que como sabemos el SARS-CoV2 está con nosotros desde hace muy pocos días, apenas estamos terminando de conocer al virus, es decir, nos encontramos en la primera etapa de esta ofensiva.

Sin embargo, hay motivos esperanzadores y que nos posicionan mejor que a aquellos que combatían en Londres contra la peste de 1665 o en Madrid contra la gripe española de 1918, y es que, como afirmaba hace unos días el ministro de ciencia Pedro Duque y el propio Luis Enjuanes, el ritmo de avance en los conocimientos de nuestra Ciencia es de vértigo, los consorcios nacionales e internacionales trabajan sin descanso para poner al servicio de nuestra salud sus herramientas y nos pueden decir a día de hoy, que más pronto que tarde el virus será derrotado, tendremos la vacuna.

Viñeta: Antonio Martínez Ludeña