Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Todos los sábados llegaba mi madre del mercado, animosa y fatigada, cargada con las dos capazas de rigor y un pequeño regalo para mí, un detalle para picar, una bolsa de pipas y quicos, un cucurucho con dátiles o churros olorosos y apetecibles envueltos en un papel grueso de estraza. Y entonces me preparaba la leche y desayunaba mojando aquella delicia de harina frita que se me deshacía en la boca y cuyo sabor ha sido para mí una de las pocas maravillas gastronómicas nacidas de la sencillez de la materia prima, harina y aceite, Mediterráneo puro, alimentos básicos y primitivos que a buen seguro estuvieron en el origen de la agricultura y con los que el hombre levantó la cultura occidental y produjo el último fenómeno de experiencias culinarias que estamos viviendo hoy.

Las porras o los churros constituyen un desayuno castizo en toda regla como lo fueron las migas en tiempos de mis antepasados y en plena sierra. Lo que me asombra de este alimento es su elementalidad y su sabor suculento, casi casi exótico, y antes de todo el aroma que expande la zona, el puesto o el tenderete donde se elabora este milagro, porque uno sabe bastantes metros antes de llegar al sitio que en aquella calle o en aquella plaza se están haciendo churros y por arte de magia, a uno se le despierta el apetito y tiene el antojo de probar al menos uno. Yo, que soy muy partidario de pequeñas pero exquisitas cantidades, como lo soy de las tapas, cuando trabajé en la calle del mercado, en Murcia, en la Consejería de Educación, en mi tiempo del café y siempre los jueves, solía comprar apenas cincuenta céntimos por los que me daban dos churros que me comía con delectación y mucho gusto y que satisfacían el capricho de mi paladar.

La humildad de ciertos alimentos y la naturalidad de algunos platos típicos  me han sorprendido siempre porque une a los pueblos y a las gentes de un mismo nivel social, y los churros podrían ser considerados ese nexo simple y genial que anuda los pueblos y a las personas  de España  en torno a un cucurucho que uno no ha sabido nunca de cuántas unidades se compone, porque en cada sitio, en cada ciudad, el precio es distinto, y todo, las medidas y los pesos, resultan imprecisas e inexactas.

Adquirimos una o dos raciones, a veces, en un alarde de generosidad, pedimos una rueda entera para nosotros y para nuestra familia que nos espera en casa, y el churrero nos va cortando en pedazos aproximados aquel laberinto de masa frita que acaba de sacar del recipiente al fuego, con unas pinzas lo va metiendo en el cucurucho de papel y espolvorea azúcar en mayor o en menor cantidad, según nuestro gusto  mientras nosotros asistimos a ese espectáculo apetitoso con una punta de hambre y de apremio, con ganas de pagar y llevarnos a casa el botín del desayuno, prepararnos un café o un chocolate y disponernos a darnos todo un festín en la mañana soleada y cristalina de invierno.

Aunque parece como si los churros fueran un producto del frío, la verdad es que todos los veranos nos encontramos la camioneta en la playa, al hombre dentro junto al fogón y a la combrera encima del  fuego encendido con el aceite hirviendo y solemos reanudar el rito de los días de fiesta, compramos los churros para toda la familia y nos los llevamos a casa tan calentitos para comérnoslos con los nuestros porque la fiesta radica básicamente en compartir las alegrías y los placeres, como hacía mi madre conmigo cuando llegaba del mercado todos los sábados, me preparaba la leche y desayunábamos juntos aquellos churros inolvidables de mi infancia.