Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Uno de los signos palmarios de que entraba el invierno era el humo grisáceo de las chimeneas contra el cielo blanquecino de diciembre, era una especie de vaticinio o, mejor aún, de constatación de que el frío se había instalado en las casas y en las calles del barrio del Castillo. Durante el verano se había ido haciendo acopio de leña, concha y piñas, se había traído del monte cercano en la burra de la casa, bien dispuesta la carga, equilibrada, porque durante toda la mañana mi abuelo y mi padre, aunque reconozco que mi abuelo era un verdadero apasionado del monte, tal vez porque se había criado en él y ya era una criatura más del paisaje, habían estado cortando ramas y troncos, habían llenado sacas de piñas, grandes y leñosas, y alpiles de concha  con los que podríamos encender la estufa o el fuego, y yo los observaba diligentes e incansables, verdaderos modelos de hombres aplicados a su faena, serios y honrados, como solo el trabajo duro puede hacer de los hombres auténticos, héroes del sudor, esos a los que yo había envidiado desde muy crío, pues eran las figuras destacadas de una epopeya tan cercana como la propia vida de mi familia y de mis vecinos.  y un día de principios de diciembre, o antes, asistíamos al espectáculo de las chimeneas humeantes que preludiaban el frío y el invierno próximo, las Pascuas junto al fuego y en compañía de toda la familia, esa atmósfera casi poética y entrañable a la que la televisión iba contribuyendo con sus abundantes anuncios publicitarios de turrones, colonias y juguetes.

El invierno en Moratalla y durante mi niñez era más la sensación casi confortable que nos provocaba el fuego protector, la certidumbre de cercanía y de familia y esa punta de alegría que todas las fiestas del mundo imprimen en el corazón de los hombres y de las mujeres que una idea material o climatológica. Y así he venido recordándolo desde entonces, como una imagen sobre los tejados con solera de aquel barrio alto de Moratalla.

Yo salía a la calle Castellar, subía hasta el pie de la fortaleza, pasaba por el mirador de Las Torres y columbraba sobre los tejados ocres de las casas irregulares que yo conocía bien el diluido y tenue algodón de un humo que era más un símbolo que un indicio de lo que estaba ocurriendo en las cocinas del barrio, aunque podía sospechar que en muchas de ellas un hombre se batía en lucha desigual con una sartén grande llena de migas frente a una fogata abundante, y en otras una mujer colocaba sobre unas trébedes un puchero con patatas y carne de cerdo  o una sartén con arroz para saciar el apetito de la familia a la hora de la comida.

Aquel humo blanquecino y errático en dirección a un cielo inhóspito y bello era la enseña de un territorio bravío y exclusivo que mi infancia guardó para siempre en alguna de las muchas gavetas de la memoria y del corazón. Era una bandera natural a la que todos los muchachos del barrio atendíamos con respeto,  el pabellón de nuestras correrías de piratas enanos por aquellas calles heladas, trufadas de charcos, que tal vez, si teníamos suerte, se cubrirían con un manto blanco y espeso en los meses de enero o de febrero para que nosotros pudiéramos corretear sobre una nube helada, tirarnos bolas de nieve o modelar un muñeco blanco y gélido como un sueño invernal en aquellos terraplenes desapacibles donde transcurrió la mejor etapa de mi vida y también la más dura, la que todos llevamos muy cerca del corazón y de la memoria como una imborrable seña de identidad.