Pascual García (pasgarcia@gmail.com)

Ahora que se aproxima el otoño y se anuncian las lluvias torrenciales de la estación, me viene a la memoria aquel tiempo en que llovía en Moratalla durante semanas y los muchachos salíamos cada día en dirección a la escuela con una cartera de plástico en la mano, bien abrigados con el jersey de lana que nos tejía nuestra madre en las largas veladas del invierno y provistos de botas de agua, aunque a veces  nos pillaba el invierno y la lluvia en bambos e íbamos hasta la escuela sorteando los charcos en un itinerario irregular, con piso de piedra y de tierra, donde abundaban las pequeñas oquedades anegadas de agua. Solía ser un recorrido accidentado en el que no faltaba algún resbalón y alguna caída, que nos ponía perdidos. Volvíamos a casa mojados y llenos de barro, sofocados por la carrera y sorprendidos por la entrada repentina del mal tiempo. Un día mi abuelo encendía la lumbre  y mi madre la estufa y yo agradecía el calor nuevo de la casa acogedora.

Ni el paraguas  ni las botas evitaban que nos mojáramos, que en el aula de la escuela se oliera a charcos y a pelo húmedo y a barro. Era el nuevo aroma del curso y ya estábamos habituados a él; sentíamos el recogimiento, la cercanía entre nosotros que nos otorgaba el vaticinio de un invierno próximo y, luego, cuando regresábamos de la escuela tornábamos a saltar entre los charcos, cuidando de no caer en ninguno, aunque esto fuera, al cabo, una misión imposible, pero en mi cabeza llevaba la promesa de la chimenea encendida y de la merienda que mi madre me estaría reparando en ese preciso momento. Nada hay más entrañable y amoroso para cualquier cachorro, animal o humano, que la protección del calor y el regalo del alimento; por eso no hay nada en la vida como una madre. Y a aquellos  hombres, que eran nuestros padres y nuestros abuelos, no les importaba conformarse con un papel cómodo y anodino en el hogar y echarse a un lado para permitir que sus hijos y  sus esposas fuesen los verdaderos protagonistas de la casa. Para ellos estaba reservada la épica del trabajo en el monte y en la huerta, la responsabilidad de sacar adelante a la familia y la dureza de los peores oficios y las peores experiencias.

Yo creo que en mi infancia llovía mucho más, aunque este no sea un dato muy científico; será porque yo lo sentía de una manera intensa. Cuando mi madre me llamaba para irme a la escuela y yo oía las canaleras (palabra hermosa, por cierto, que no recoge el DRAE)  henchidas de agua y cayendo a la calle que ya era casi un río, me venía la alegría de lo más profundo de la tierra, como si estuviésemos en plenas fiestas y el cielo lo estuviese celebrando con sus  particulares fuegos artificiales de agua. Mis padres y mis abuelos estaban contentos, aquel día mi padre haría migas para comer en la chimenea con fuego de leña, mi madre cocinaría un caldo para acompañarlas y mi abuelo Pascual asaría un par de dulces y prominentes cebollas y una ristra de ajos tiernos junto a las ascuas.

No he olvidado el olor de la casa en esos días de gracia, ni la aventura de la calle plagada de charcos que iríamos esquivando en nuestro peregrinar diario a la escuela como si jugáramos a una extraña y divertida rayuela, aunque de vez en cuando, por impericia o por ese gusto tan genuino y tan infantil por las travesuras, metiéramos de lleno el pie y sintiéramos la humedad del agua fría de la lluvia calando nuestros calcetines y empapando nuestros pies.

Aquellos charcos, que mi memoria no ha desterrado aún, hoy son apenas un poco de agua sobre el pavimento plano y aburrido de  las calles de mi ciudad que siembra una alarma exagerada e inexplicable entre la población.