PASCUAL GARCÍA

Ahora que huyen apresuradas y en actitud de derrota las invisibles huestes enemigas de una guerra tan feroz como silenciosa, me atrevo a acercarme a Moratalla tras tres meses de encierro voluntario o forzoso, según se mire, y quedo con mis amigos, Paco y Diego, y con mi casera, Teresa, para pasar un día en el pueblo al que no tengo más remedio que volver de vez en cuando, porque es uno de los pocos sitios donde vuelvo a encontrarme entero.

Así que aparco frente al Paype y desayuno en La Caraba, todo parce en su sitio, como si nada hubiese modificado la costumbre inalterable de un pueblo de piedra y de cielo. Se han incorporado debidamente las nuevas normas higiénicas y las mujeres que atienden la cafetería van de un lado para otro limpiando y desinfectando todo el local. Me siento a una mesa y descubro que ya no hay periódicos, que el último ejemplar de El Noroeste ha desaparecido, porque ahora la edición es digital.

Reconozco que tenía mis reparos para venir a Moratalla, porque no quería parecer un intruso que traía la amenaza de los últimos agentes deletéreos, antes bien, he permanecido casi tres meses en mi piso de Murcia, en una suerte de cuarentena, y estoy tan limpio de la enfermedad como todos a los que ya se les ha dado, por fortuna, el alta médica.

Subo a la casa de Teresa con mis dos amigos para que se conozcan y con la intención de volver a reconocer el camino a la casa por detrás, donde puedo aparcar y entrar a la casa por una de sus puertas, admito que este camino que bordea el Cerro de San Jorge por la línea limítrofe al barrio de los Pinos y desde el que se vislumbra un paisaje de excepción, n o lo conocía, porque no lo he frecuentado nunca. Saber con exactitud  a qué altura está la casa, sin referencias y sin números, me ha costado un par de viajes, pero creo que ya me hecho con el camino.

Convencemos a Teresa para que se venga a comer con nosotros y terminamos sentándonos en la Calle Mayor, a una mesa junto a un bar emblemático, nos sirven varias rondas de la cerveza más fresca y sabrosa que he probado últimamente, nos sirven, carne adobada, patatas con ajo, queso y jamón, exquisitas morcillas de la tierra, morro de cerdo y otras viandas suculentas que, consumidas en la calle, en el momento justo en que empezaba a firmarse la paz, me parecieron un banquete premonitorio de la nueva era que entrenábamos, esa nueva normalidad, que nosotros sabremos convertir en una nueva aventura vital, porque reinauguraremos las nuevas formas de la amistad