ANTONIO F. JIMÉNEZ

La semana pasada, el autor bullero José Luis García Caballero inició sus paseos históricos por el cementerio de Bullas, que, en rigor, debería llamarse de San Ildefonso. Los paseos se repetirán también durante noviembre. No diré nada a los futuros visitantes de lo que el experto dijo, para no desvelar los misterios y anécdotas que el camposanto guarda. Bajo un tiempo nuboso, de cuando en cuando caían, como un granizo plumífero, los alados y diminutos frutos de los cipreses, que parecen cagarrutas espectrales. Había tumbas carcomidas por la erosión de los accidentes meteorológicos. Tumbas de octubre de 1936 que albergan más de un cadáver. Fuera de la bendición, estaba aquella torre sórdida que se alza como un palomar terrorífico y a donde iban a para aquellos que se arrancaban de la vida. Había, por todas las calles, dolor enjarrado en vergeles. Apodos acompañando algunos nombres en las lápidas. Desgracias selladas. Telarañas en el alféizar de los nichos, tal cual si fueran ventanas cerradas de casas abandonadas desde hace mucho tiempo. El cementerio de Bullas crece hacia las Atalayas y no hacia el camino de Ucenda. Como tenía reciente la lectura de un cuento de Maupassant, en el que una niña que daban por muerta y enterrada se despierta de su breve letargo, procuré esta vez no dar golpecitos en las puertas de las casas, asumiendo que, aunque nadie me diría nada, es mejor no provocar. José Luis ha escrito la segunda parte de Bullas. Misterio y leyenda, que tiene mucho de cementerios, de enterramientos pretéritos, de gentes con la ‘gracia macabra’ de predecir la muerte ajena. Es una obra abierta, con futuras posibilidades de indagación, y en la que por fin alguien se aventura a hablar con datos de las dudosas galerías subterráneas de Bullas, de posibles tesoros spielberianos, de nuestras esculturas primitivas. De la hechizante y vetusta fábula bullera.