GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Tenía ganas de volver con mis historias y no encontraba el momento. Pero como siempre, no fui yo quién lo eligió, ni mi jefe, por mucho que insistía el pobre, sino que vino a ponérmelo delante la vida, en este caso la muerte.

Concretamente la de Castro, ese revolucionario que dicen se había acostado con más de 35.000 mujeres. Tenía para 50 años si me ponía a contarlas todas (ni pensar quiero en él que tuvo que tirárselas), pero decidí empezar por las oficiales, tan insulsas como la nueva primera dama americana.

Me las salto, a ellas y a las otras 34.997 que lo quisieron más como comandante que como hombre, más por dios que por mortal, más por amante que por amigo.

Rebusco en la historia y allí está. La que me gusta a mi, la otra, la valiente, la que no se quedó en casa, la que no le dio hijos, sino guerrilleros, la que no le hizo de comer, pero le proporcionó alimentos, la que no le limpio la casa sino el arma. No es la mujer del Comandante, ni siquiera la amante (nunca se confirmó como tal) pero fue su compañera, su amiga y su fiel consejera. De hecho, se dice, se comenta se rumorea, que Castro no tomó la decisión de pedirle matrimonio a su segunda esposa, madre de sus cinco hijos, hoy desconsolada viuda, hasta que Celia no murió en 1980 víctima de un cáncer.

 

Su madre, la que murió cuando ella tenía 12 años, le puso Celia Esther de los desamparados, nombre que marcaría su destino desde que nació en 1920 en un pequeño pueblo del Este de Cuba.

El resto se lo enseñó su padre, un médico librepensador que la llevó en su peregrinaje de curas y enfermedades por toda la isla, le forjaría un carácter alegre, empático, trabajador y organizado que le dio a conocer no solo el efecto de la extrema pobreza en sus pacientes, sino también un conocimiento de la isla y sus gentes que años más tarde salvaría a Castro y sus rebeldes.

Mientras ella recorría pueblos con su padre, un joven y barbudo Fidel estudiaba en la universidad y rompía corazones cuando se casó con la bella Mirta, que le duró bastante menos que el aroma de un puro habano. 7 años y un hijo.

Cuando Fulgencio Batista tomó el poder en Cuba por segunda vez después de un golpe de Estado en 1952, Celia comenzó a organizar la resistencia. Reclutó voluntarios, transportes, suministros… hasta tal punto se volvió la mujer más buscada del país.

No tuvo más remedio, que, como Curro Jiménez, tirarse al monte, a Sierra Maestra, donde Castro luchaba codo con codo con otro guerrillero que la historia se encargó de juzgar mucho antes que a él, el Che Guevara. Tan amigos se hicieron, que cuando éste emprendió el que sería su último viaje, le dio a Celia Sánchez su gorra como recuerdo.

 

Allí se conocieron en 1957 y nunca más volvieron a separarse.

 

Ella supervisaba el suministro de alimentos, ropa y armas: todo lo necesario para sostener a las fuerzas rebeldes en la guerra de guerrillas. Y si tenía que ir al campo de batalla, se iba. Siempre cerca, siempre alerta, siempre a la derecha, nunca detrás, siempre al lado del Comandante.

Cuando Castro llegó al poder en 1959, Celia continuó como asesora y se encargó de documentar muchos momentos históricos de la Revolución Cubana. Desde el lado derecho de Fidel trató de paliar el hambre   y la falta de recursos de los cubanos, para los que trabajó hasta que un cáncer de pulmón acabó con su vida.

En su isla, su Cuba, castrista o no, es vista como alguien que, por encima de todo, se dedicó a los ideales de la revolución y a los cubanos.