Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Establece una amiga mía una interesante distinción entre el objetivo de una fiesta foránea e impostada como la que ha venido imponiéndose entre nosotros en estas fechas, ese Jalogüín que venimos tragándonos lentamente desde hace unos años, y nuestro muy respetable día de Todos los Santos durante el que proliferan en el país manifestaciones del folclore de origen medieval, como las danzas de la muerte y similares. Dice ella con una sensatez marmórea que el primero es una burda manera de reírse de la muerte y, por extensión de todas sus víctimas, entre las que se hallan muchos familiares y amigos cercanos, una manera frívola, americanizada, sin raíz verdadera de hacer mofa de un momento sagrado, mientras que la segunda  pretende reírse con ella, a su lado, mezclarse sin miedo ni complejos con la mujer oscura de la guadaña, mirarla cara a cara  y despojarla de ese dramatismo atroz que tanto nos ha sacudido desde siempre, habituarse a que está ahí y a que ahí va a seguir hasta el último día.

De manera que esos ritos casi cinematográficos que se nos han colado en nuestros salones a través de la televisión y sin los que ya no concebimos el otoño, constituyen una costumbre de nuevo cuño, una tradición que curiosamente no viene del pasado, sino que la ha traído el presente, los medios de comunicación y la tecnología.

Mi amiga carga contra tanta ligereza y tanto trampantojo, pero yo me digo que vivimos en un mundo de artificios, enredos y espectáculo, aunque es posible que hayamos olvidado ese carácter recogido, íntimo y tan personal de los Santos y hayamos abrazado con demasiada prisa novedades y gustos de latitudes extrañas, aunque si lo hemos hecho con tanta celeridad es porque en el fondo todos los seres humanos tenemos en común nuestra propensión al goce y a la fiesta, a la música y al baile, al alcohol y al festejo de la carne.

Se nos va la vida minuto a minuto y en estos días somos aún más conscientes y, tal vez, tenemos más miedo, porque estamos a las puertas del invierno, la luz nos va huyendo día a día y el frío asoma por esos campos como un lobo solitario.

No podemos olvidar a nuestros seres queridos, a nuestros abuelos y a nuestros padres, pero no somos capaces de desasirnos del único regalo que nos han hecho en esta vida y que merece la pena verdaderamente, esos años de libertad y de amor, a los que todavía no les vemos el fin. Vivimos como si esto no fuera a acabarse nunca; en realidad no creo que haya otra forma de vivir, extraños al dolor y al acabamiento, prestos a la fiesta y al jolgorio, solemnes y reflexivos en ocasiones, ignorantes e irresponsables como criaturas caídas en este mundo   únicamente para el goce.

De manera que muy pocas veces miramos a la muerte a la cara, muy pocas veces intentamos tomárnosla en serio porque es posible que en ese caso la tuviésemos en cuenta y la consideráramos de verdad.

Acaso sea esta la razón de tanta fiesta y de tanto sarao, de tanta liviandad y de tanto festejo cuando llega noviembre, se esfuma la luz, el cielo se torna lúgubre y nos abrochamos los chaquetones para salir de casa cada tarde.

Celebrar la fiesta de la muerte y la fiesta de los muertos es un asunto muy profundo que no parece responder del todo a esa algarabía de chiquillos por las calles llamando a las puertas para pedir chuches o contar gracietas, esas jaranas de colegio, con disfraces y dulces de temporada, mientras nuestro don Juan y nuestra doña Inés languidecen de amor en los cementerios del teatro.

Aunque no creo que nadie sea capaz de impedir el bullicio de la sangre nueva, los borbotones de la vida y esta nueva costumbre del otoño.