Retazos de historia muleña

Juan Fernández del Toro

“Esta mañana a primera hora y por noticias de Mula hemos sabido la espantosa catástrofe ocurrida en dicha ciudad”. Con esas palabras daba comienzo un extenso artículo, en la edición matinal del periódico El Liberal de Murcia, el 6 de noviembre de 1903. Una noticia que sobrecogió a los murcianos, pero sobre todo a los muleños. Y es que el día anterior, a eso de las ocho y cuarto de la tarde un edificio situado en la plaza del ayuntamiento se desplomó y llevó consigo parte de la vivienda colindante, de una posada y de otra vivienda anexa a esta, como si de piezas de dominó se tratara.

El edificio en cuestión era la sede de una sociedad cultural, la del Ateneo, y estaba situado en el centro de la cara sur de la plaza del ayuntamiento. Al parecer, aunque esto es lo que cuenta la tradición, poco tenía que ver aquel edificio con una sociedad cultural…

La vivienda colindante, marcada con el número 4, era propiedad de Manuel Mena y cuyos inquilinos eran Pedro Egea, un comerciante de Mula, y su familia. Estos últimos se llevaron la peor parte, pues murieron Pedro y su esposa Beatriz Duarte, con 35 y 30 años; su hijo Juan, con  7 años, y la abuela materna del pequeño, Caridad Espinosa, de 56 años. Dos hijos de dos y cuatro años de la pareja y Ángeles, una hermana de la citada Beatriz, que habitaban también la casa, corrieron mejor suerte, sobreviviendo al derrumbamiento. También fallecieron una mujer llamada Encarnación Vivo Egea y otro hombre, Miguel Campos. Este último fue el único que murió por causa de las heridas, el resto lo hicieron asfixiados por los escombros.

La posada, propiedad de Juan Martínez, quedaba a espaldas del Ateneo, cuyo acceso se hacía por la calle oscura.  Pese a lindar pared con pared, afortunadamente solo se vio afectada la cuadra y no hubo ningún daño personal. Como tampoco lo hubo en la casa contigua a la pensión, propia de Prudencio Chacón, de la que se desplomó la pared de una habitación sin que pillase al citado Prudencio ni sus familiares en ella.

Tan pronto ocurrió el suceso, la plaza se colmó de vecinos que asistían a enterarse de lo ocurrido, encontrando allí un amasijo de escombros que enterraba a unas treinta o cuarenta personas que en el momento del derrumbe se encontraban en los edificios. La Guardia Civil, al mando del primer teniendo José Flores, tomo las riendas de la situación impidiendo el paso a cuantos familiares de los allí enterrados insistían con desesperación para acercarse y comenzando con las labores de desescombro con la esperanza de localizar vida entre los escombros. A tal labor ayudaron algunas autoridades y particulares, entre ellos el presidente de la Diputación, Juan Antonio Perea, quien a pesar de encontrarse en la cama enfermo asistió sin pensarlo.

Contra todo pronóstico, consiguieron sacar con vida a todos los usuarios del Ateneo, entre quienes se encontraban el cura de santo Domingo, Bartolomé López Cerón, y los maestros de obras Cristóbal Artero Cano y José María Páez Boluda.

En los días siguientes, Mula recibió una buena cantidad de telegramas dando el pésame a la familia de los fallecidos y a la ciudad en general, entre ellos del Rey Alfonso XIII y su madre, la Reina María Cristina. Además, la provincia se volcó con los afectados, pues se abrió una suscripción popular para costear el entierro de las víctimas, que tuvo un éxito rotundo. El arquitecto provincial, Pedro Cerdán–el mismo que unos años después redactaría el proyecto para la construcción del Casino en el antiguo pósito municipal–, asistió al día siguiente a inspeccionar los edificios colindantes y otros de la ciudad a petición de los propietarios, porque todos pensaban que podría ocurrir lo mismo con sus casas.

La capilla ardiente de las seis víctimas tuvo lugar en el salón de plenos del ayuntamiento, por donde pasó la mayor parte de los vecinos muleños para mostrar sus condolencias. Unos días después del derrumbamiento, el 12 de noviembre, se celebraron “solemnes honras fúnebres por eterno descanso de las víctimas de la catástrofe”.