Pedro Antonio Martínez Robles

Siendo aún muy joven tuve la fortuna de que una parte de mi trabajo consistiera en visitar una vez al mes a los ancianos impedidos o con dificultades para desplazarse para llevarles el importe de su pensión; no eran más de medio centenar y esta labor me ocupaba 2 o 3 tardes al principio de cada mes. Cuesta poco comprender que las casas de estos ancianos estaban distribuidas a lo largo y ancho de todo el pueblo, por lo que tenía que pateármelo bien cada vez que tenía que cumplir con este menester. A pesar de realizar esta función fuera de mi horario habitual de trabajo, que era matinal, debo decir que aquella labor resultaba para mí de lo más gratificante; en esos periodos de mi vida aprendí de aquellos ancianos lecciones que me han acompañado desde entonces y que jamás olvidaré, y no siempre esa transmisión de saberes me venía dada con largas conversaciones, a veces sólo eran gestos, detalles o largos silencios cargados de un gran significado. A pesar de haber transcurrido más de 40 años de ese tiempo del que hablo, recuerdo perfectamente a aquellos hombres y mujeres que en el ocaso de sus vidas aguardaban con una dignísima paciencia mi visita: la de un muchacho que iba a llevarles la paga de su más que merecida pensión de jubilación. Algunos de ellos habían nacido a finales del siglo XIX y otros a principios del siglo XX; en todos ellos pude observar, lejos de la aspereza o incomodidad que podría suponérseles por sus delicadas circunstancias, una conducta de exquisita urbanidad, una educación y una corrección en los modales muy distantes de los que, desafortunadamente, conocemos en la sociedad en la que hoy nos desenvolvemos. Todas esas casas que yo visité en el último lustro de los años 70 estaban llenas de una vida pausada y solemne, habitadas por unas personas que tenían mucho que transmitir y que sin embargo apenas eran escuchadas, gentes que cubrían la última etapa  de sus vidas en sus hogares de siempre, en los que habían amado, en los que habían sufrido y en los que habían soñado con una felicidad tan frágil como la propia existencia. Esas casas estaban impregnadas del tiempo y de los años de quienes vivían en ellas: los objetos, las paredes, el mobiliario, habían envejecido con ellos, y lejos de ofrecer el sabor de un aire desfasado, se respiraba en aquellas viviendas el ritmo del tiempo que acompañaba a sus moradores, su evolución, sus costumbres y la cálida sombra de su intimidad. Hace de todo esto ya muchos años y ahora nadie o casi nadie envejece y consume sus últimos días en su casa de toda la vida; ese último episodio en el que apuramos los días en el mundo se ha convertido en “un problema de asistencia” para los que durante muchos años recibieron la asistencia –perdón por la intencionada redundancia– de los que hoy más la necesitan, y para solucionar esta engorrosa situación han prosperado las residencias que bajo el eufemismo de “tercera edad” acogen a estos ancianos que, para muchos de ellos, suponen el alivio a una delicada situación, y para otros, sin embargo, no es otra cosa que un triste moridero que aceptan con resignación.

A veces callejeo por el pueblo en esas horas tibias del atardecer, horas muy similares a aquellas de hace más de 40 años en que iba a pagarles las pensiones a jubilados impedidos que no podían desplazarse para cobrarlas, y veo sus casas cerradas, y me acuerdo de ellos y pienso que todos, absolutamente todos, hace tiempo que se convirtieron en polvo, como en polvo habrán de convertirse alguna vez estas casas cerradas en las que tuvieron la fortuna de agotar sus días y en las que, a pesar de sus edades tan avanzadas, es posible que aún siguieran soñando hasta el último instante de sus vidas.

 

14 de enero de 2022