PEDRO ANTONIO MARTÍNEZ ROBLES

Le oí decir a alguien, en alguna ocasión, que, antes o después, a cada generación le toca vivir una guerra. No me cabe la menor duda de que nosotros la estamos viviendo ahora; es cierto que sin la intervención de armamento bélico, pero una guerra al fin y al cabo. Una guerra biológica. No voy a entrar a matizar –porque lo desconozco– si se trata de una guerra voluntariamente provocada, ocasionada por una negligencia, o por causas naturales; eso el tiempo, probablemente, lo desvelará. Como también ignoro el alcance definitivo de sus consecuencias, su duración, su magnitud. Pero esto me trae a la memoria, inevitablemente, aquellos años de mi infancia en los que la humanidad tuvo que luchar contra epidemias y pandemias que fuimos superando y para las que, en su momento, hubo vacunaciones masivas que paliaron los efectos de aquellas amenazas, o prevenciones más que cautelosas para evitar los contagios: hablo de la polio, la tuberculosis, el cólera… Amenazas que, protegidos por ese escudo ingenuo que nos defiende en la infancia y nos hace creernos a salvo de todos los estragos posibles, parecían no inquietarnos, como tampoco parecía que percibiéramos el temor permeable de nuestras madres, parapetadas en su mutismo para no crearnos preocupación. Sin embargo, aquellas situaciones no fueron vividas como una guerra, no al menos como la guerra que al parecer ahora se nos presenta.

Como todas las guerras, esta guerra también ha despertado su locura colectiva; habrá de tener “su mármol y su día”, pero también sus consecuencias y su posguerra. Entretanto, y en medio de esta terrible incertidumbre, la gente hace acopio de comida en cantidades ingentes y, quizá, innecesarias, como si se temiera un confinamiento del que no pudiéramos salir en muchos meses y un desabastecimiento de los alimentos, lo que no es impensable que pudiera llegar a suceder y me lleva, también inevitablemente, a esa imagen remota de mi infancia en la que oía hablar, sin haberlas conocido, de las cartillas de racionamiento que durante algún tiempo se utilizaron después de nuestra guerra civil y que regulaban el consumo de muchos alimentos, intervenidos por el Estado, que empezaron a escasear y que favorecieron, también hay que decirlo, la proliferación del pillaje del estraperlo, con el que más de uno aumentó sustancialmente su patrimonio.

Ignoro cuánto tiempo habremos de permanecer en esta caótica situación y quién sabe… quién sabe si no tendremos que volver a hacer cola ante un punto de alimentación con una cartilla de racionamiento en el bolsillo de la camisa. Tan seguros y confiados como nos sentíamos.

 

 

 

 

23 de marzo de 2020