Pascual García

Mis padres estaban en Francia, en la vendimia, y mi abuela María me mandaba escribirle las cartas, despacio y con buena letra: «Al recibo de ésta, espero que os encontréis bien. Nosotros quedamos bien, gracias a Dios».

Reconozco que no me gustaba escribir cartas, porque era un ejercicio  de caligrafía casi sin significado y muy repetitivo. Las fórmulas no variaban en exceso: «Hijo, hemos ido tu padre y yo al secano y está bien. Si lloviera este otoño…Les echamos de comer a los animales y damos todos los días una vuelta por el corral para ver las gallinas y los conejos. Ya tenemos muchas ganas de volver a veros. Esperamos pronto vuestra llegada, ojalá no os llueva por allí y os haga buen tiempo. Un abrazo de vuestros padres y de vuestro hijo, que no os olvidan».

Era un rito casi semanal, un encuentro íntimo con los que estaban lejos trabajando y de los que apenas sabíamos nada, pues no podíamos llamarlos por teléfono, no sólo porque era muy caro sino porque, en la mayoría de las veces, desconocíamos el número o el paradero de nuestra familia. Así que, alrededor de la mesa, yo terminaba de redactar la misiva y luego se la leía a mis abuelos para que tuviesen la sensación de que estaban hablando con sus hijos y se hallaban en su presencia.

En ocasiones, entraba una vecina a mi casa con el objeto de que le hiciera el favor de ponerle unas letras para un familiar, que casi siempre tenía que redactar yo con los datos que me iba dando ella. Mi madre solía escribirle a toda la familia: a sus hermanos, que vivían en Alicante y en Barcelona, a una prima lejana de Córdoba con la que manutuvo buena relación hasta el final gracias a su incansable actividad epistolar. Las mujeres, algunas, eran las encargadas de esta misión casi literaria. Los hombres habían estado muy ocupados desde niños en el trabajo para aprender apenas las primeras nociones de lectura y las cuatro reglas. Además, en su intención no estaba esa necesidad de persistir en el contacto con familiares o amigos de otras regiones.

Las cartas llegaban tarde a su destino y sus respuestas regresaban aún más tarde, si es que regresaban; pero resultaba emocionante recibir el papel garabateado con la grafía  de tu madre o de una novia que te respondía al fin, después de estar aguardando su contestación unas semanas. Era casi un fetiche, un regalo de alguna parte del deseo, que uno abría con cuidado para extraer el pliego doblado donde se apiñaban las palabras y donde se entreveían las sombras de los rostros queridos, de las manos que habían escrito aquello, incluso del perfume que exhalaba a veces el papel. No era, desde luego, la misma carta aquélla que procedía de la familia o aquélla que nos enviaba una joven a la que habíamos comprometido con frases galantes.

La proliferación del teléfono y el abaratamiento de su tarifa acabaron en buena parte con todo esto. Ya no hacía falta saber hacer la o con un canuto, invertir tiempo y ganas en llenar una hoja de papel de fórmulas semejantes. Incluso se podía llamar a Francia y conocer en un instante la salud y el estado del tiempo, los días que les quedaban para volver y si todos se hallaban bien de salud.

Después de escribirle las últimas cartas a mi abuela María un poco antes de su fallecimiento, no torné a usar este método hasta que me tuve novia casi formal. Como era de un pueblo cercano, llamarla por teléfono resultaba sencillo y no muy caro, pero las cartas eran más reconfortantes. En ellas estaba su letra y podía releerlas hasta la extenuación. Las palabras eran premeditadas y uno, que ya hacía sus pinitos de escritor en ciernes, podía darse el gusto de despacharse con alguna imagen literaria, algún verso primerizo, alguna atrevida insinuación camuflada en la belleza de una metáfora.

Las cartas seguían siendo más insinuantes y en ellas podíamos percibir un pálpito de vida que ningún mecanismo nos otorgaba. Podíamos guardarlas hasta constituir aquellos mazos de papel envueltos en una goma elástica, de un modo parecido a como llevaban los antiguos marchantes de ganado los billetes que necesitaban para sus transacciones comerciales.

Hoy todo es muy fácil y uno, que es cómodo por naturaleza y convicción, se beneficia de las nuevas tecnologías, de la rapidez de los mensajes por Internet, de los ordenadores y su capacidad para hacernos la existencia más agradable.

A mi abuela María, si viviera, le seguiría redactando las mismas cartas y con el mismo estilo: «Al recibo de ésta, espero que os encontréis bien. Nosotros quedamos bien, gracias a Dios». Entonces pulsaría con el ratón en el icono de enviar, pero ya no sería un lugar desconocido de Francia en el tiempo de la vendimia el destino del mensaje, afortunadamente.