Jesús Sánchez

En Roma estamos al final de la tercera semana de reclusión y los contagios han empezado a aminorar la marcha. Son noticias esperadas y aunque aún no sabemos cuándo ni cómo empezaremos a normalizar nuestra existencia después de esta hecatombe, tenemos ya varias certezas, algunas de las cuales os serán muy familiares en España.

La primera es que este virus se ha visto tremendamente favorecido por la fragilidad del sistema sanitario italiano que desde hace tres décadas adoptó un modelo fundado en la iniciativa privada y la reducción de profesionales, unos 45.000 menos que en los años noventa. Con los recortes en la sanidad pública hemos pasado de 600 unidades de cuidados intensivos por cada cien mil habitantes en 1980 a tan solo 300 en el 2015. De ahí que la falta de camas y medios sea uno de los factores de aumento de la letalidad del virus en Italia, la más alta de todos los países con Covid19.

Los muchos estudios realizados en estas semanas subrayan algunas causas curiosas del efecto devastador del virus en la zona de Lombardía, el motor económico del país. Una de ellas es que la edad de emancipación de los italianos, cada vez más tardía, ha influido en el contagio interfamiliar; el papel de los treintañeros ha sido crucial para expandir la enfermedad a los progenitores con los que comparten techo. Otra, que también nos suena a los españoles, es que muchas de las patologías concomitantes que agravan la infección, como las cardiorespiratorias o la diabetes, son debidas en su mayoría a factores que nosotros mismo causamos, esto es, la contaminación o la alimentación. A esto hay que sumar los números aberrantes de muertos en residencias de ancianos, a los que el presidente la la República ha definido como Patrimonio Nacional aunque pocos se acuerden de ellos en tiempos menos convulsos.

Podríamos decir que las características que han hecho fuerte a este virus son las mismas que a nosotros, como comunidad, nos hacen más débiles; saqueo del sistema sanitario, falta de oportunidades para los jóvenes, la destrucción de nuestro entorno o el consumismo exacerbado. A esto se añade la movilidad de bajo coste, que posibilita a un ciudadano medio visitar tres países al año pero que también permite a los virus colonizar en una semana la cantidad de población que antes tardaban varios años en infectar.

La historia reciente de este país, además de convulsa y contradictoria, ha dado una pátina de resiliencia a todos los italianos. De ahí que cuando hablo con mis amigos o mis compañeros de trabajo sus discursos tengan un elemento común: maravillosas propuestas para hacer menos dolorosa la inevitable crisis económica venidera y hacer de este trance vírico un mundo un poquito mejor. Por ejemplo Laura, una colega ciclista de 58 años que repite una y otra vez que esta será la oportunidad de establecer la bici como principal medio de transporte urbano y así poder seguir disfrutando de este aire tan limpio que ya no recordábamos en Roma, donde además ahora se oye el trino de los pájaros. O mi compañero de trabajo Giuliano, que ha redescubierto las bondades del comercio de barrio y que cocinar sin prisa es maravilloso: «creo que es más revolucionario saber comprar que saber votar»- me dice al teléfono. También Paula, íntima amiga de mi pareja, nos anuncia que este verano ya prepara un viaje por su Sicilia natal, que casi no conoce porque ha estado demasiado ocupada haciendo viajes exprés con aviones a treinta euros a lugares que en realidad no le interesaban.

Nuevas ilusiones, en resumen, que también empezarán a poblar la mente de los españoles para poder seguir adelante pero sin olvidar los errores cometidos. Esta crisis, más que una oportunidad será un giro forzoso al cambio para el viejo continente y una necesidad de transformación para nuestra nación, acuciada por disputas territoriales y estancada en instituciones anacrónicas. Hagamos de la necesidad virtud, como mis amigos italianos, y empecemos a llenarnos la cabeza de ilusiones individuales y colectivas, de proyectos y de la idea de un nuevo país cuyas características sepan unirnos más que los discursos patrióticos y las banderas. Mucho ánimo para todo el noroeste murciano.