FRANCISCO MARÍN/EDITOR EL NOROESTE

Mi querido amigo Pepe, bien sabe Dios cuánto me hubiese gustado enviarte esta carta a tu casa para que la leyeras cómodamente sentado junto a tus libros, tus recuerdos y al cuidado de tu esposa María Teresa, a quien tanta vida has dedicado.

También hubiese preferido leértela yo, decirte todo esto en un sincero gesto de admiración y agradecimiento personal.

La primera vez que estuve contigo me citaste en tu despacho de la Consejería de Hacienda y allí encontré, hace ya casi cuarenta años, a un hombre amable, cuidadoso en las formas, riguroso en el análisis. Pero sobre todo vi unos ojos cautivadores que expresaban a las claras tu honestidad y valentía.

Diez años después volvimos a encontrarnos trabajando juntos por un modelo fiscal que protegiera a las cooperativas a la vez que garantizara una gestión eficaz y transparente. No discriminatoria ni paternalista.

Ya hace mucho que me consideraste tu amigo y compartiste inquietudes y proyectos. Siempre en beneficio del interés público. Tu marca de distinción.

Siempre te he encontrado en el mismo lugar, el de la defensa del bien social, la lucha contra la desigualdad y la pobreza, la insistencia en la necesaria transparencia en la gestión de lo público y en la denuncia de abusos y privilegios.

A ello has dedicado tus años de madurez, tu tiempo y tu alma.

Tengo el triste sentimiento de que no has sido correspondido. Tu humildad, tu compromiso y tu sabiduría hubieran merecido mayor atención y respeto.

Has luchado con tesón contra la hipocresía y la infamia, solo investido de tu fuerza y de tu convicción.

Hace cuarenta años, cuando iniciaba mi vida profesional, conocí a Pepe Molina. Ese hecho ha dado sentido a buena parte de mi curiosidad en la humanidad del desempeño profesional.

Hace unos días nos despedimos con breves palabras por el teléfono móvil. Tu necesitabas el ánimo y yo abrazarte y agradecértelo todo.

Me hubiese gustado que leyeses tu esta carta o habértelo dicho en una de esas interminables charlas que mantuvimos.

Hoy solo puedo brindarte ese abrazo que tanto repetimos y desear encontrarme con personas de tu talla que contribuyan a hacer de éste un lugar mejor y más justo.

Te echaré de menos, querido Pepe.

Caravaca, 15 de febrero, 2021.