Pedro Antonio Martínez Robles

De todos los artificios que el ingenio infantil ha dado a este mundo es, con toda probabilidad, el carro de cojinetes, uno de los más arriesgados. Yo siempre quise tener uno, pero por una razón o por otra, que entonces yo no comprendía, siempre se malograban mis proyectos, a pesar de tener al alcance de la mano los elementos esenciales para su fabricación: los cojinetes, ya que mi padre tenía en aquella época en la que yo alimentaba mi intrépido deseo un camión al que todos llamaban irónicamente “El Caramelo”, y siempre había en mi casa latas cortadas por la mitad que contenían piezas de recambio o de desecho de aquel camión que andaba siempre sometido a reparaciones, y entre estas piezas no faltaban los indispensables rodamientos para fabricar el tan deseado carro de cojinetes. El resto del material era bastante simple: una tabla, un par de listones de madera donde insertar en sus extremos los cojinetes y algunas púas o tornillos. Pero estos últimos elementos, en apariencia tan fácil de conseguir, nunca estaban al alcance de mi mano. Me acuerdo que mi amigo Bravo tenía uno de aquellos carros y más de una vez lo vi bajar la cuesta de la calle Ordóñez, desde su casa hasta la carretera, flanqueada entonces por hondas cunetas por las que discurría en aquellos tiempos el agua de lluvia –llovía en nuestra infancia más y con más fuerza que hoy–, como si fueran torrenteras. En aquellos vertiginosos y arriesgados viajes en los que veía bajar a mi amigo Bravo desde la puerta de su casa hasta la carretera, acompañado de aquel ruido inconfundible de los cojinetes, jamás lo vi embarrancar en la cuneta, ni topar con la fachada de las casas de enfrente, al otro lado de la carretera, ni que lo arrollara ningún carro de acémilas (que era lo que más abundaba entonces), a pesar de que el único freno que podía usarse en aquellos artilugios era la suela de la sandalia, la alpargata o el zapato.

Nunca conseguí alcanzar el sueño de fabricarme un carro de cojinetes y jamás llegué a viajar en uno de ellos. Hoy, que recuerdo aquel tiempo tan remoto como si no hubiera llegado a suceder, pienso muchas veces en aquella manida frase que tantas veces se pronunciaba cuando los críos andábamos tan expuestos a los frecuentes peligros que nos ofrecían nuestras actividades infantiles: “Cada niño lleva consigo su Ángel de la Guarda”, decían. El de mi amigo Bravo, sin duda lo acompañaba en aquellos desenfrenados viajes, calle abajo, en su carro de cojinetes; y a mí debió acompañarme en aquellos momentos en que tanto me afanaba en reunir los elementos para fabricarme aquel artefacto, sin llegar a conseguirlo nunca.

 

4 de septiembre de 2019