Pedro Antonio Martínez Robles

Mientras Ucrania se desangra en una guerra miserable –como todas las guerras– por la invasión demencial del gigante ruso, nosotros andamos aquí dando las últimas puntadas a los trajes de carnaval, o escarbando en el culo del cofre en busca de ese disfraz que colme nuestro deseo de pasar una noche creando la expectación de quienes pretenden adivinar nuestra identidad debajo de las máscaras o despertando la admiración de aquellos que puedan contemplar con asombro el resultado de muchas horas dedicadas a la confección de un traje espectacular. Entretanto, nos indignan las noticias que nos llegan a nuestros televisores, nos parecen increíbles y acabamos cambiando de canal para que las imágenes terribles que nos ofrecen los noticiarios no nos conturben ni dañen nuestra sensibilidad. El mundo entero tiembla bajo la amenaza del “todopoderoso” que advierte que si se obstaculizan los objetivos que persigue todos vamos a sufrir unas consecuencias nunca vistas antes en todo el planeta; pero esas amenazas  tan inauditas nos parecen imposibles de creer. Sin embargo, ahí está su sombra y nos amedrenta. Estábamos emergiendo de la pesadilla del Covid-19 y ahora nos llega, como un zarpazo, la noticia de una guerra que dicen que es para la paz –¡qué cosas más disparatadas hay que oír!–. Pero nosotros seguimos ocupados en nuestros trajes de carnaval, ilusionados, esperando la llegada de esa noche mágica, porque nada podemos hacer que no sea seguir viviendo, aunque para ello tengamos que ignorar, aunque sea a ratos, la terrible amenaza de quien asegura tener en sus manos el destino del mundo.

Hoy, mientras miro una fotografía tomada en un carnaval de principios de los años ochenta, me pregunto si entonces también habría algún conflicto en algún rincón del mundo que ahora no recuerdo; no dudo de que lo hubiera, pues de sobra sabemos que el ser humano anda siempre alzado en armas con la menor excusa, y aunque no llegara a tener las disparatadas proporciones de esta guerra que tanto nos inquieta en estos momentos, habría también dolor y sangre y muerte. Pero la vida sigue y el carnaval se avecina, y hoy, como en aquel tiempo remoto de hace cuarenta años, los disfraces nos aguardan en los percheros de nuestros armarios o en el culo del cofre para ofrecernos el sueño de un sábado de esplendor y alegría en el que procuraremos no pensar en esa parte del mundo que ahora arde.

De cualquier modo, no puedo evitar recordar esas anotaciones que mi tío Antonio Robles dejó en su dietario en Junio de 1944, en el pueblo de Céret, en su quinto año de exilio en Francia tras la guerra civil española, bajo la sombra amenazadora de otra guerra que como una mancha de aceite nocivo se extendía por toda Europa: <<J’ai peur! J’ai Peur! La guerre est si loin, mais si près au même temps>>. (¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! La guerra está tan lejos, pero tan cerca al mismo tiempo).

Confiemos en que la cordura nos permita seguir disfrutando del sueño del carnaval.

 

28 de febrero de 2022