Francisco Fernández García

Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Hace algunos meses llegó al Archivo Municipal a través de Juan García Fernández, a quien desde aquí agradezco el detalle, una serie de fotocopias de coplillas satíricas y letras de canciones, entre las que se encontraban algunas referidas al Carnaval; siendo la más interesante de todas una perteneciente a la Comparsa de Jóvenes Caravaqueños correspondiente al Carnaval de 1936. Se trata de una hoja tamaño folio impresa que incluye las letras de la actuación que presumiblemente realizó esa comparsa durante el carnaval de dicho año, tanto por las calles como por los diferentes salones a los que era invitada. El número completo se componía de una marcha original, de la que no se indica el autor, un tango titulado “Tu Carta” con letra de G. Carvajal y música de J. Trullas y una canción de Pericón llamada “Yo quiero una peseta”, correspondiendo al maestro D. Jesús Fernández, caravaqueño de adopción que con tiempo llegaría a dirigir la banda de música de nuestra ciudad, la música original.

Desde la aparición de este sorprendente impreso, he intentando investigar algo más sobre el tema, pero no he encontrado ninguna noticia sobre la celebración de los carnavales en la época republicana. Recuerdo, eso sí, los comentarios que me relató en una ocasión Paco Medina (Liceo) y conozco también la descripción de los bailes que tenían lugar en esa época en los diferentes salones y casinos de la ciudad, incluida en el Sumario de Robo de la Cruz de Caravaca que tuvo lugar, como todo el mundo sabe, un martes de carnaval.

En cualquier caso, parece ser que durante el carnaval, además de los bailes, había comparsas que actuaban por diversos lugares de la población y también máscaras que recorrían las calles de la ciudad gastando bromas y asustando al personal. La crónica del carnaval caravaqueño de 1900, aparecida en la edición del 7 de marzo de ese año, así nos lo indica “Con menos mascaras y menos animación que otros años se realizaron en el presente las festividades de carnestolendas. Entre el limitado numero de comparsas que por las tardes y noches de los últimos días de fiestas hemos visto en las calles que ocupa preferente lugar la tan aplaudida agencia de matrimonios que en la noche del lunes y en el salón de recepciones del casino interpreto con inusitada propiedad y exquisita afición, una graciosa y chispeante escena cómica carnavalesca representable escrita admirablemente por nuestro amigo don Juan José Ibáñez, con acompañamiento de música del joven compositor don Luis Noguera”. Sin embargo conforme fue pasando el tiempo, los bailes fueron adquiriendo protagonismo en detrimento del resto de festejos, especialmente lo más populares.

En la crónica publicada en el periódico local “El Siglo Nuevo” de los carnavales de 1901 se achaca la disminución de las máscaras a la climatología: “Durante los tres días de Carnaval, lució un sol espléndido, pero a causa del viento norte que reinó, se notó un frio interior que contribuyó a la desanimación que ha habido este año respecto a máscaras. Con igual concurrencia y brillantez que en años anteriores se han celebrado en el casino durante las noches del lunes y martes, los bailes de Carnaval. La falta de espacio nos impide ocuparnos de dichas veladas que han resultado notabilísimas y dignas de aquella culta casa”. Sin embargo, además de todos los factores externos, lo que se intuye a través de las diferentes crónicas es una cada vez mayoritaria aceptación de las diversiones socialmente correctas y convenientes, es decir los bailes, reuniones y espectáculos teatrales y musicales, frente a las máscaras, ampliamente criticadas y denostadas por la incertidumbre y desconfianza que generaban entre los vecinos, situándose entre ambas las comparsas, cuya existencia y número variaba según los años. La prensa, además de reflejar este cambio, contribuyó en gran medida a que se produjera, ya que mientras que continuadamente no dejaba de elogiar los bailes (“¡No hay más allá! El baile de Piñata, organizado por la Sociedad del Casino de esta localidad, fue uno de esos acontecimientos que no suelen borrarse, tan fácilmente, de nuestra memoria”) trataba con dureza el resto de diversiones. La crónica de “El Siglo Nuevo” correspondiente al año 1907 es, en este sentido, muy significativa, alabando asimismo el carácter de integración social que tenían este tipo de funciones: “Este año por nuestras calles no han discurrido nada mas que mamarrachos, figuras grotescas y sucias, durante los días de Carnaval. El gran público, la mayoría de las gentes, se ha decidido por rendir culto a Terpsícore, que es el medio más eficaz y mas práctico de divertirse honestamente, limitándose a visitar a unas cuantas familias de su mayor intimidad para después darse a conocer y marchar inmediatamente a las distintas Sociedades. Estas se han visto concurridísimas sobresaliendo entre ellas, la más joven, la más modesta y por lo tanto la mas simpática, por su carácter enciclopédico popular “La Sociedad Industrial y del Comercio (Plaza de la Constitución). Hermoso espectáculo ofrecía tan culta como céntrica sociedad, en los tres días de bailes; ver reunidas todas las clases sociales en apretado haz, desde la dama aristócrata a la humilde alpargatera; militares de alta graduación, el comercio, la aristocracia del dinero y de la sangre formando compacta muchedumbre con los honrados hijos del trabajo ”. En este mismo ejemplar se incluye un artículo de opinión firmado por José María Lozano, contrario a la celebración de los carnavales por motivos bien distintos y casi incomprensibles para la mentalidad moderna: “El Carnaval nos ha parecido siempre una tontería tremenda, un derroche soberano de insulsez y de mal gusto, con ropaje artificioso de alegría fingida y mal entendido regocijo. Ni en Madrid ni en el último villorrio son estas fiestas otra cosa que un desborde grosero de majaderías impertinentes, soltadas al amparo de la careta e inspiradas casi siempre por intenciones viles y propósitos innobles. Además; esto de tener días señalados en el calendario para el goce, como para la pena y los duelos, nos parece a nosotros que pugna con el buen sentido de las gentes, cuyas sensaciones intimas no pueden ni deben someterse a reglas escritas tradicionales. El reír, el gozar en público es ofender a quienes de ello no sienten deseos y es un ataque bárbaro a la libertad ajena”.

Menos mal que no todo el mundo era de la misma opinión y que había gente partidaria del carnaval que se esforzó año a año para mantenerlo y mejorarlo. En las noticias previas al carnaval de 1911 podemos leer: “Parece que reina alguna animación entre los aficionados a las fiestas de Carnaval. En el casino y en el Círculo Artístico, prometen estar muy concurridos los bailes de máscaras. Además que sepamos, se preparan entre otras, tres comparsas; de marineros, de rifeños y otra de alpargateros. A divertirse tocan”.

Con sus partidarios y sus detractores, las celebraciones de carnaval se mantuvieron en Caravaca en la manera indicada hasta el inicio de la guerra civil en que dejaron de realizarse debido a la gravedad de la situación.