GLORIA LÓPEZ

Pasará sin duda a la historia de la literatura sin haber escrito jamás una línea. Casi nadie la conoce a este lado de las letras, pero esta semana ha muerto una de las personalidades más poderosas e influyentes de las letras hispanas. Su oficio: agente literaria. Sus clientes: García Márquez, Vargas Llosa, Isabel Allende entre otros. Su gran acierto: impulsar el boom de la literatura latinoamericana.

Aunque nació en una familia de agricultores en Lleida en 1930, pronto emigraron a Barcelona, donde una jovencísima Carme estudiaría peritaje mercantil y trabajaría donde trabajaban las señoritas en esa época, de secretaria. Hasta que un buen día un amigo suyo la recomendó al escritor rumano exiliado Vintila Horia, dueño de la agencia literaria ACER, administradora de autores extranjeros para España. En la agencia trabajó hasta 1960, año que Pero en Horia ganó el premio Goncourt y se trasladó a París. Ella, recién casada con Luis Palomares, pensó que su futuro estaba en Barcelona y con su hijo, Luis Miguel, por lo que decidió quedarse. Pero no se quedó quieta. Para entonces ya había tomado la decisión de establecerse por su cuenta y fundar su propio sello, diferente a todo lo que hasta entonces se estaba haciendo en España.
Empezó con poca cosa, gestionando los derechos de traducción de autores extranjeros, pero pronto se dio cuenta .de que una agente literaria no debía representar a un editor ante otro editor, sino a los autores frente a los editores. Así, los autores firmarían los contratos, y las condiciones de esos contratos las discutirían los editores con el agente. La buena suerte hizo que cuando su empresa marchó a Paris, ella se quedase con García Márquez. Surgirían después otros autores tan importantes como él: Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, José Donoso, Alfredo Bryce Echenique, Camilo José Cela, Eduardo Mendoza o Isabel Allende, que acudían a la editora a través del primero. Ella supo ver antes que nadie el inicio del llamado Boom Latinoamericano.

Manuel Vázquez Montalbán, que además de representado, fue amigo, diría de ella que sería » la superagente literaria que pasará a la historia de la literatura universal por su empeño prometeico de robarles los autores a los editores para construirles la condición de escritores libres en el mercado libre».
Y es que antes de ella, los escritores firmaban contratos vitalicios con las editoriales y estaban mal pagados. Balcells fue mucho más que una agente literaria para sus autores. No solo les negociaba los contratos, además les prestaba dinero para que pudiesen escribir tranquilos y era su asesora y confidente. Esto, su personalidad arrolladora, su sensibilidad y su trato personalizado con los escritores contribuyeron a que se crease una complicidad entre los autores y la agente literaria que pocos consiguieron romper. Tanto, que el gran Gabriel García Márquez la llamaría «la Mamá Grande», nombre con el que se la conoce en los círculos literarios.
En los años setenta montó RBA, una empresa de servicios editoriales, con Ricardo Rodrigo y Roberto Altarriba (RBA son las siglas de: Rodrigo, Balcells y Altarriba). La dejó cuando sus dos socios entraron como directivos en Planeta-DeAgostini por tener que elegir entre su propia agencia y RBA.
Esta semana ha muerto a los 85 años, sin firmar un folio que no fuese un contrato, sin desvelar ni un solo secreto ni dejar nunca de trabajar, dejándonos sin embargo el mayor legado de las letras latinoamericanas.