GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Este año se cumple el centenario de la primera mujer que osó vestir pantalones para bailar flamenco, la única gitana portada de la revista life; la hija deCarmen Amaya, que enamoró a Roosevelt la matriarca que cocinaba pescaíto frito en las lujosas habitaciones del Waldorf Astoria. Pero sobretodo, la mujer que nunca se olvidó de los suyos y manejo su generosidad con el mismo arte que su bata de cola.

Carmen Amaya nació en 1913 en una barraca de Somorrostro (Barcelona).Su padre, “el Chino», era un guitarrista que se ganaba la vida «a salto de mata por las tabernas, en permanentes madrugadas de vino agrio y vomitonas espesas» y que la sacaba a pedir por las noches con apenas cuatro años. En esos teatruchos de mala muerte la vio Sampere, un avispado empresario de variedades, que la llevó a una sala de cierta categoría, el teatro Español de Barcelona. «Imagínense ustedes a una gitanilla de unos catorce años sentada en una silla sobre el tablado. De pronto, un brinco. Y la gitanilla baila. Alma. Alma pura. El sentimiento hecho carne”. De ahí al Coliseum de Madrid fueron cuatro taconeos y cuatro más a las salas de cine. En 1935 la mitad de la población de España llevaría las patillas con caracoles como la protagonista de “María de la O”.

Pero como a muchos españoles, el 18 de julio de 1936 vino a desviarle el camino de Valladolid a Portugual y de allí a la Argentina, en un buque que tardó quince días en cruzar el Atlántico y que le crearía a Carmen un terror absoluto al mar. En Buenos Aires su triunfo superó todas las previsiones y lo que iban a ser cuatro semanas se convirtieron en nueve meses. Al poco de estar les hizo falta un nuevo guitarrista. Vino a presentarse Sabicas, un desconocido emigrante pamplonés que la siguió enamorado durante diez años pero al que ella rechazó una y otra vez.

Su baile «el flamenco más bravo que ha subido al teatro” conquistó a los americanos, que se rindieron a esa gitana vestida de hombre “que hacia lo que le daba la gana” y llenaban las salas donde actuaba. “Era como una llama en el centro de un brasero, una llama que se retorcía, que crepitaba, una llama negra, que fascinaba; no se podía dejar de mirarla”. Eso debió de pasarle al presidente Roosevelt, que después de ponerle un avión privado para una actuación en la Casa Blanca la devolvió a Nueva York con un bolero de oro y brillantes que Carmen se entretuvo en cortar en partes iguales y repartir entre todos los miembros de su compañía.

Cuando vuelve a España, sola, en 1947 es ya una figura mundial indiscutible. Sabica no puede competir con ese arte que le mueve el cuerpo y se queda en México.

A sus casi cuarenta años encuentra el amor callado en un guitarrista payo de su compañía, Juan Antonio Agüero, con el que se casa en 1952. A su boda asisten doce personas, esa tarde tienen que volver al teatro. Sigue sin dejar lo que ha sido el único gran amor de su vida: los tablaos.

De entre todos los reconocimientos mundiales es sin embargo un acto sencillo el que más feliz la hace: en 1959 se inaugura una fuente con su nombre en el barrio donde ella había paseado su niñez descalza, sus hambres y sus miserias.

Carmen esta ya enferma de muerte, una insuficiencia renal que no hace sin embargo que se baje de los escenarios. Rueda en 1963 “Los tarantos” con una ejemplar entereza. Esa llama en el centro del brasero se apaga una noche de agosto para no volver a encenderse.